el universo y la nada

16 de Enero de 2012
 A CRUZATIERRAS

                                   

        Todos los personajes de estas historias son reales, cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia.

 

 

Te dejo, me dijo golpeándome con los témpanos de sus palabras,

quiero ser feliz.

Y el mundo se detuvo para que ella se bajara.

No sé que estación era.

Llevaba ya tantas caídas que mi cruz se astillaba al arrastrarla.

A mi alrededor se apagaron las luces

y los pájaros enmudecieron en las ramas.

Viéndola alejarse, no sé si mi corazón

era de piedra, de vapor de sangre o de hojalata.

Al amanecer volvió de nuevo la noche.

Mi soledad se trasformó en un Universo

donde cabía toda la Nada.

 

 

 

 

“Ojalá tus sueños no se hagan realidad”

 

 

 

 

Hubiera jurado que era ella.

Tenía esos mismos movimientos de llama y ola,

la misma palidez de fantasma del pasado.

Pero qué iba a hacer una dama respetable

en este sórdido antro.

La verdad es que con tan poca luz

y después de varias copas

todo se vuelve confuso.

¡Quién sabe!

La vida tiene caminos que se bifurcan

en extrañas direcciones.

Pero bueno, yo vine aquí a olvidar,

y hace rato que me está mirando

la rubia aquella de los rojos tacones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡LIBROS, LIBROS, MÁS LIBROS!

 

Se había echado una amiga y estaba radiante. Desde que tuvo que sacrificar a su perrito Trasto,  (ya era muy viejo el hombre, se había quedado ciego y se iba chocando y meando por todas partes), había pasado una mala racha. Incluso llegó a llamar a una vidente, la célebre argentina Balbina Luceni Jacalandra, experta en el método del grano de mostaza, una mujeruca de ojos pícaros y una cara como si estuviera hecha de cartón mojado.

-         Hola, ¿quién eres?-

-         …Soy Rosita- Contestó Rosita gangosamente.

-         Uy, Rosita, te noto un poco decaída, estás pasando una mala racha, a que sí, carita bonita, eres tímida y te gusta salir poco, tú cuando te quitas los tacones ya no te los pones ni para ir a bailar, tú bailar como el joder del loco, ni mucho ni poco…-

-         ¿Eh?-

-         Nada, nada, cariño, que te sientes un poquito sola, ¿qué signo eres?-

-         Leo-

-         Leo, a ver, corazón, te voy a echar las piedras de la suerte-

Rosita Espinosa no es que tuviera una carita bonita, precisamente. De pequeña se le escurrió a su madre de los brazos y se le cayó a la lumbre. Una cabeza llena de costras como las de un perro sarnoso, con mechones de pelo que parecían los de un cadáver exhumado. La nariz como los agujeros que horadan las lombrices en la tierra después de llover, las mejillas plagadas de bubones infectos, los dientes como las almenas de un viejo castillo asediado a cañonazos, los ojos, que daban vueltas en las cuencas como las bolas en la ruleta de un casino, ocultos tras unas gafas ahumadas pasadas de moda. Los brazos acabados en inacabados muñones, como los de una figurilla de barro de un belén amputada por los niños, donde debería ir el pulgar aparecía un asqueroso orificio que recordaba al ano arrugado de una mona vieja. Rosita ni siquiera había tenido la oportunidad de ser fea, permanecía recluida más allá de la fealdad, en una dimensión teratológica, era una masa de carne deforme, como cera derretida a la que le habían puesto dos evocaciones de ojos desnivelados. Olía a panceta chamuscada, a vaquería antigua y a orina de mula. En el carné de identidad no se sabía a ciencia cierta si estaba de frente o de espaldas, la foto, más que un rostro, parecía una huella dactilar.

Con semejantes créditos no era de extrañar que siempre anduviera sola. Cuando en carnaval salía a la calle, los niños corrían detrás de ella para quitarle la máscara. Probablemente era la cosa más horrenda de la creación, se parecía un poco a Carmen de Mairena, igual de monstruosa, pero sin tanto betún en los morros.

Pero, milagros de la vida, un domingo en el salón parroquial trabó amistad con María Salvadora, la cartera jubilada, que también estaba sola en el mundo como una estrella de papel colgando de un hilo en la inmensidad del Universo.

María Salvadora tenía los ojos hueros y sanguinolentos como los de un sapo, de un azul desvaído como las tripas de un conejo atropellado, la boca torcida en un ictus, las manos vueltas y descoyuntadas como las de una marioneta rota. Andaba un poco de lado, como si se estuviera cayendo, como si se desplazara a empujones.

Enseguida se hicieron amigas, y como a las dos les gustaban mucho los libros (esa terapia de solitarias menopáusicas), la víspera de Reyes decidieron coger el autobús para ir a Madrid a descubrir las últimas novedades.

Nada más atravesar las puertas de la Casa del Libro, el corazón les saltó de gozo como a dos adolescentes en un concierto de sus ídolos.

-         ¡Libros, libros, libros!- Aulló Rosita con su voz retronasal, gesticulando como una mona loca y coqueta.

Y corrieron de un lado a otro manoseando los mansos y asustadizos ejemplares, que hasta ese momento habían estado tranquilos en sus anaqueles.

- ¡El tene…tenedor…el temblor…no, no, el temor de un hon…hongo… sabio!-

- ¡Ay, ese dicen que está mu bien, que se lee de un tirón, ese para mí!-

- ¡La ca…la caca…la canción de a de a de alba, anda mira, igual que la serie de la tele, qué bonito, este para mí!-

- ¡Cri..cri…cri…crimen y ca castigo, esto no sé que es, esto va de tiros y esas cosas! –

- ¡Déja ese tostón, Mari!-

Una dependienta de ojos radiantes las miraba con una sonrisa alucinada.

Mientras tanto se hizo de noche, abrupta y silenciosamente, como suele suceder en invierno. Se encendieron las farolas y las luces de navidad alegraron los comercios.

En la puerta de la librería, entre los andamios de la fachada, un mendigo poeta, sentado en el suelo como un fakir, con sus gafas de aumento llenas de mierda y su voz de chulapo de sainete, señalando con una colilla de lápiz despuntado un papel lleno de grasa de mejillones y gesticulando como si estuviera indicando la ubicación de una calle, recitaba una especie de poema a dos guiris sonrosadas con gorros de lana calados hasta las orejas, que sonreían sin entender ni una sílaba de la cháchara absurda de aquel pintoresco personaje.

-         ¡Los días siguen pasando y yo me sigo enamorando…y ahora, preciosas, la voluntad, que el talento se paga!-

En la acera de enfrente, una guapa marioneta de trapo, con gafas doradas y coletas con lazos rosas, tocaba el violín accionada por las manos sombrías de su padrino, que permanecía apoyado en una muleta encajada en el sobaco.

De repente, en dirección a Callao, bajó marcha atrás, atropellando a la gente en su huida, un tullido en su silla de ruedas, que se había escapado de una residencia donde lo había encerrado su mujer. Iba gritando: “¡Hijaputa, hijaputa, hijaputa…!”

Cerca de allí, las putas de la Montera, ateridas, buscaban el calor de los rellanos.

Rosita y María Salvadora salieron a la calle cargadas con sus bolsas llenas de libros (igual habría dado que estuvieran llenas de membrillos), y, riendo como niñas pequeñas, corrieron Gran Vía abajo para coger el último autobús.

libros

11 de Enero de 2012
 

 

 

¡LIBROS, LIBROS, MÁS LIBROS!

 

Se había echado una amiga y estaba radiante. Desde que tuvo que sacrificar a su perrito Trasto,  (ya era muy viejo el hombre, se había quedado ciego y se iba chocando y meando por todas partes), había pasado una mala racha. Incluso llegó a llamar a una vidente, la célebre argentina Balbina Luceni Jacalandra, experta en el método del grano de mostaza, una mujeruca de ojos pícaros y una cara como si estuviera hecha de cartón mojado.

-         Hola, ¿quién eres?-

-         …Soy Rosita- Contestó Rosita gangosamente.

-         Uy, Rosita, te noto un poco decaída, estás pasando una mala racha, a que sí, carita bonita, eres tímida y te gusta salir poco, tú cuando te quitas los tacones ya no te los pones ni para ir a bailar, tú bailar como el joder del loco, ni mucho ni poco…-

-         ¿Eh?-

-         Nada, nada, cariño, que te sientes un poquito sola, ¿qué signo eres?-

-         Leo-

-         Leo, a ver, corazón, te voy a echar las piedras de la suerte-

Rosita Espinosa no es que tuviera una carita bonita, precisamente. De pequeña se le escurrió a su madre de los brazos y se le cayó a la lumbre. Una cabeza llena de costras como las de un perro sarnoso, con mechones de pelo que parecían los de un cadáver exhumado. La nariz como los agujeros que horadan las lombrices en la tierra después de llover, las mejillas plagadas de bubones infectos, los dientes como las almenas de un viejo castillo asediado a cañonazos, los ojos, que daban vueltas en las cuencas como las bolas en la ruleta de un casino, ocultos tras unas gafas ahumadas pasadas de moda. Los brazos acabados en inacabados muñones, como los de una figurilla de barro de un belén amputada por los niños, donde debería ir el pulgar aparecía un asqueroso orificio que recordaba al ano arrugado de una mona vieja. Rosita ni siquiera había tenido la oportunidad de ser fea, permanecía recluida más allá de la fealdad, en una dimensión teratológica, era una masa de carne deforme, como cera derretida a la que le habían puesto dos evocaciones de ojos desnivelados. Olía a panceta chamuscada, a vaquería antigua y a orina de mula. En el carné de identidad no se sabía a ciencia cierta si estaba de frente o de espaldas, la foto, más que un rostro, parecía una huella dactilar.

Con semejantes créditos no era de extrañar que siempre anduviera sola. Cuando en carnaval salía a la calle, los niños corrían detrás de ella para quitarle la máscara. Probablemente era la cosa más horrenda de la creación, se parecía un poco a Carmen de Mairena, igual de monstruosa, pero sin tanto betún en los morros.

Pero, milagros de la vida, un domingo en el salón parroquial trabó amistad con María Salvadora, la cartera jubilada, que también estaba sola en el mundo como una estrella de papel colgando de un hilo en la inmensidad del Universo.

María Salvadora tenía los ojos hueros y sanguinolentos como los de un sapo, de un azul desvaído como las tripas de un conejo atropellado, la boca torcida en un ictus, las manos vueltas y descoyuntadas como las de una marioneta rota. Andaba un poco de lado, como si se estuviera cayendo, como si se desplazara a empujones.

Enseguida se hicieron amigas, y como a las dos les gustaban mucho los libros (esa terapia de solitarias menopáusicas), la víspera de Reyes decidieron coger el autobús para ir a Madrid a descubrir las últimas novedades.

Nada más atravesar las puertas de la Casa del Libro, el corazón les saltó de gozo como a dos adolescentes en un concierto de sus ídolos.

-         ¡Libros, libros, libros!- Aulló Rosita con su voz retronasal, gesticulando como una mona loca y coqueta.

Y corrieron de un lado a otro manoseando los mansos y asustadizos ejemplares, que hasta ese momento habían estado tranquilos en sus anaqueles.

- ¡El tene…tenedor…el temblor…no, no, el temor de un hon…hongo… sabio!-

- ¡Ay, ese dicen que está mu bien, que se lee de un tirón, ese para mí!-

- ¡La ca…la caca…la canción de a de a de alba, anda mira, igual que la serie de la tele, qué bonito, este para mí!-

- ¡Cri..cri…cri…crimen y ca castigo, esto no sé que es, esto va de tiros y esas cosas! –

- ¡Déja ese tostón, Mari!-

Una dependienta de ojos radiantes las miraba con una sonrisa alucinada.

Mientras tanto se hizo de noche, abrupta y silenciosamente, como suele suceder en invierno. Se encendieron las farolas y las luces de navidad alegraron los comercios.

En la puerta de la librería, entre los andamios de la fachada, un mendigo poeta, sentado en el suelo como un fakir, con sus gafas de aumento llenas de mierda y su voz de chulapo de sainete, señalando con una colilla de lápiz despuntado un papel lleno de grasa de mejillones y gesticulando como si estuviera indicando la ubicación de una calle, recitaba una especie de poema a dos guiris sonrosadas con gorros de lana calados hasta las orejas, que sonreían sin entender ni una sílaba de la cháchara absurda de aquel pintoresco personaje.

-         ¡Los días siguen pasando y yo me sigo enamorando…y ahora, preciosas, la voluntad, que el talento se paga!-

En la acera de enfrente, una guapa marioneta de trapo, con gafas doradas y coletas con lazos rosas, tocaba el violín accionada por las manos sombrías de su padrino, que permanecía apoyado en una muleta encajada en el sobaco.

De repente, en dirección a Callao, bajó marcha atrás, atropellando a la gente en su huida, un tullido en su silla de ruedas, que se había escapado de una residencia donde lo había encerrado su mujer. Iba gritando: “¡Hijaputa, hijaputa, hijaputa…!”

Cerca de allí, las putas de la Montera, ateridas, buscaban el calor de los rellanos.

Rosita y María Salvadora salieron a la calle cargadas con sus bolsas llenas de libros (igual habría dado que estuvieran llenas de membrillos), y, riendo como niñas pequeñas, corrieron Gran Vía abajo para coger el último autobús.

un fantasma del pasado

31 de Diciembre de 2011
 

Hubiera jurado que era ella.

Tenía esos mismos movimientos de llama y ola,

la misma palidez de fantasma del pasado.

Pero qué iba a hacer una dama respetable

en este sórdido antro.

La verdad es que con tan poca luz

y después de varias copas

todo se vuelve confuso.

¡Quién sabe!

La vida tiene caminos que se bifurcan

en extrañas direcciones.

Pero bueno, yo vine aquí a olvidar,

y hace rato que me está mirando

la rubia aquella de los rojos tacones.

destino lisboa

12 de Noviembre de 2011
 EN LA CORTA DISTANCIA

 

 

NEGRO SOBRE NEGRO

La habitación a oscuras.

La muerte enroscándose como una serpiente

alrededor de la cintura.

Qué lejos queda ya todo:

el hogar, la esperanza, la vida.

El cuerpo como un cadáver lanceado supurando hedor.

Los ojos como cristales rotos a pedradas.

Por el pasillo se acercan unos pasos, se alejan.

Es un domingo por la tarde,

en un lugar extraño, frío, grande.

Por el cielo nocturno vagan los pensamientos,

ciegos, solos, heridos,

sin encontrar jamás el camino de regreso.

Llueve tras la ventana.

En la rota cisterna del retrete,

como en una clepsidra, gotea el agua.

 

 

 

 

DESTINO LISBOA

 

El maquinista, que con esa cara de susto parecía un orangután recién cazado con una red, dijo en su declaración que vio a un muchacho desgarbado junto a las vías del tren, que él pensó que estaba esperando a alguien o dando vueltas por allí, que jamás pensó que iba a tirarse al paso del tren, que no pudo hacer nada para evitarlo.

A lo mejor tropezó, a lo mejor fue un accidente. No, no fue un accidente, señor guardia, dice un joven leporino que no se sabe a ciencia cierta si es macho o hembra  (demasiado macho para ser macho), guiñando de vez en cuando un ojo como un búho insomne, que conocía al difunto del curso de fontanero en el INEM, se suicidó, señor guardia, estaba amargado de la vida, siempre andaba solo, no tenía amigos, y desde que su madre se pegó un tiro en el garaje con la pistola de su padre, que era guardia civil retirado, se ensimismó de tal forma que no hablaba con nadie, siempre andaba por ahí con la cabeza gacha, con esas gafas de culo de vaso y ese cuerpo grande y torpón, sin hablar con nadie, se detenía a mirar los escaparates y seguía su camino, le gustaba mucho mirar los escaparates, no sé por qué, yo creo que es que era un poco retrasado. No, no era retrasado, dice con sus labios revesados doña Toñi, la profesora de apoyo que lo tuvo en diversificación, también decían que se drogaba, pero tampoco era verdad, lo que pasa es que tenía un problema de desafecto, todo el mundo lo rechazaba porque era muy retraído, a veces se sentía acorralado y se ponía violento, lo tuve que expulsar una vez  porque se puso a insultarme por una nadería, ¿eh?, pues porque le quité un sombrero de papel que se había hecho con una hoja de periódico, pero el resto del tiempo permanecía sentado en su pupitre al fondo de la clase, sin abrir siquiera el libro, tranquilo como una ballena varada, en el recreo siempre andaba solo, a veces ni salía al patio siquiera, cuando los otros chicos jugaban al fútbol no lo querían ni para portero, luego sus padres estaban en trámites de separación y de repente la madre apareció muerta con un tiro en la sien, cuando Víctor se enteró se volvió loco, empezó a darse cabezazos contra las paredes y se quiso arrojar a un pozo, no sé, yo lo que creo es que no encontró su sitio en el mundo, su vida parecía una tragedia griega. No es que fuera retrasado del todo, dice Blanca Flor, una adolescente deseable con cara de virgen maría, risueña y algo gordita, de la que se dice que anduvo enamorado el difunto, lo que pasa es que daba así como repelús, por un lado daba mucha pena verlo siempre solo por ahí sin hablar con nadie, sentado sobre el respaldo de un banco, con las manos cruzadas y la mirada perdida, pero luego intentabas acercarte a él y te rehuía, y como tenía ese vozarrón que parecía que te hablaba desde el fondo de una cueva, pues daba un poco de miedo estar junto a él, era totalmente antisocial, no sé, parecía un zombi, una vez vino a una fiesta del instituto, yo le había dicho que viniera y parecía que por fin se había decidido, se asomó a la puerta, se nos quedó mirando un rato con cara de terror, como si no nos hubiera visto nunca, hasta que de repente se dio la vuelta y se marchó balanceando el cuerpo sin decir nada, perdiéndose en la noche como un animal nocturno, pobrecillo, era un amargado.

Era una fría mañana de noviembre. Las vías se alargaban hasta perderse detrás de una loma donde se ubicaba la vieja estación derruida, como un río de herrumbre buscando el mar. Los trenes de carga circulaban por la noche, por el día sólo pasaba el tren de pasajeros con destino a Lisboa. Ya tenía que estar a punto de llegar. Por encima del puente, los colegiales del barrio de la Ermita caminaban con sus mochilas en pos del autobús. Un día como otro cualquiera. Miércoles, día de mercadillo en el recinto ferial. Miró a su alrededor como si se dispusiera a despedirse del mundo. En medio de un descampado había un tiovivo abandonado. No echó de menos nada, no se le había perdido nada en esta vida. Se oyeron a lo lejos las campanas de la iglesia. Qué más daba ya todo. De repente vio el tren aparecer a lo lejos como una sombra macabra y liberadora, se acercaba como si fuera borrando los trazos equivocados de su existencia. El corazón le latía con fuerza. En un acto instintivo y absurdo se quitó las gafas y las apoyó con cuidado sobe la hierba mojada. 

Nunca pude hacer carrera de él, dijo el padre, el señor Aniceto Berruelo, que tenía la misma voz cavernosa del hijo y el mismo aire menguado, y que tras morir la madre rehizo su vida con una joven llamada Alina, enjugándose los ojos con un pañuelo y moviendo la cabeza negativamente, no quería ser nada en la vida, no le interesaba nada, no tenía ninguna ambición.

Pues yo te digo a ti que pa suicidarse hay que tener un par de cojones. Comenta en el bar los Tres Hermanos, mientras echa monedas en la tragaperras, un parroquiano pepón que desciende de los moros que devastaron el pueblo y violaron a las mujeres durante la guerra civil.

 El padre lleva la urna con las cenizas de su hijo entre las manos. Se siente incómodo. Se pregunta qué hago yo ahora con esto. Siente que no tiene fuerzas en las piernas ni en las manos, no tiene fuerzas para caminar, para permanecer con los ojos abiertos, ni siquiera fuerzas para respirar. Te acompaño en tu sentimiento, le dice en la escalera un vecino con una nariz que parece el pico de un chorlito. El padre le da las gracias y, mientras introduce la llave en la cerradura,  piensa que ahora tendrá que comprarse ropa negra.

Era un chico normal y corriente, comentó al periódico local la alcaldesa, con sus dientes de burro y torciendo un ojo, el día en que Blanca Flor fue elegida reina de las fiestas.

Dejad al niño descansar en paz. Dijo la tía materna, una rubia pechugona que se llamaba Mari Cruz y que trabajaba dando citas en una clínica dental de Humanes, tratando de mediar entre las familias la triste y tensa tarde del entierro.

la materia oscura

31 de Octubre de 2011

LA MATERIA OSCURA

 

Eugenio López García © octubre 2011

 

A mi madre

 

 

EL PODER

Era una familia humilde: la madre, el padre y el hijo. Vivían en una granja a las afueras de una aldea de los Ancares. Tenían un huerto, un cerdo y un corral con gallinas y conejos. Era allá por los años cincuenta, años oscuros, amargos como almendras amargas.

Una mañana de otoño, el padre estaba en el corral partiendo leña, cuando vio subir por el camino a dos figuras imponentes que se dibujaron sobre el gris horizonte como fantasmas de ultratumba. Cuando se acercaron más oyó el chirriar de las bicicletas y  distinguió los tricornios y los pesados capotes ondeando al viento como velas de un barco pirata.

El cabo se llamaba Martín Corona y se parecía vagamente a Clark Gable, las orejas un poco más pequeñas pero el rostro mucho más feo. Un Clark Gable afeado por el embrutecimiento y la maldad. El otro guardia era calvo, con ojos de loco sádico, una mirada inquieta y anhelante de perro traicionero, que escrutaba a su alrededor inquisidora y desconfiadamente. Procuraba hablar poco porque era tartamudo.

-¡Buenos días, Pascual,- saludó el cabo al leñador, con una vocecilla de pito impropia de su rango y condición- qué gallo más bonito ese que está encima de la sarmentera!-

No fueron necesarias más palabras. Los guardias continuaron su camino y el padre se les quedó mirando como si viera alejarse una negra nube de tormenta.

Por la tarde, el niño, sin entender nada, observó cómo su padre, con semblante sombrío,  mataba al gallo retorciéndole el pescuezo y, sentándose en una piedra, empezaba a desplumarlo sobre su regazo de pana. La madre trajinaba en la cocina, y miraba por la ventana con ojos hermosos y tristes.

A la mañana siguiente los guardias volvieron con sus bicicletas.

-¡Buenos días, Pascual!-

El padre los estaba esperando en la puerta de la casa con el gallo dentro de un saco. Un pobre campesino tratando de apaciguar con pródigas ofrendas a dioses caprichosos, primitivos e insaciables.

Pasó un tiempo y el asunto pareció olvidarse. Con el dinero que sacó de la venta de los almendrucos (había sido una buena cosecha), el padre compró un corderillo en el mercado de Lugo para la cena de nochebuena que se aproximaba.

Pero, de repente, otra mañana, los guardias volvieron.

El padre, que estaba limpiando la pocilga mientras el cerdo gruñía como si quisiera decirle algo, no tuvo tiempo de esconder el corderillo. En ese preciso momento, el niño, entusiasmado, estaba jugando con él como si se tratara de un juguete nuevo o de ese hermanito que tanto deseaba tener.

-¡Buenos días, Pascual- saludó el cabo al padre con cierto deje de ironía- ¿tú crees que ese cordero cabe en una cazuela?-

No fueron necesarias más palabras.

Al día siguiente, víspera de nochebuena y uno de los más tristes en la corta vida del niño, regresaron los guardias acompañados por dos frailes sayones de largos y mugrientos hábitos que otrora habían sido blancos, y entre risas y comentarios jocosos, como hacía buen tiempo a pesar de ser diciembre, fueron tomando asiento alrededor de la rústica mesa que estaba en medio del porche.

La madre, en silencio y con los ojos bajos, puso los cubiertos. Uno de los frailes, que tenía una nube en un ojo y una geta de gorrino con una mancha que parecía de mierda seca en medio de la mejilla derecha, se distraía de vez en cuando de la conversación de sus refinados camaradas, para mirar con deseo carnal a la madre, que era una joven guapa y lozana de largos cabellos negros.

-¡Qué mujer más guapetona tienes, Pascual!- Comentó el cabo, leyendo en las miradas obscenas del fraile.

La madre, ruborizada, regresó a la cocina.

Al niño no le gustaban aquellos rufianes que reían con los hocicos llenos de grasa y que al beber derramaban el vino por las sucias pecheras. Se alejó para jugar con un balón de fútbol que su padre le había hecho con una celemina. Entonces, de repente, vio a su padre de espaldas sentado sobre una piedra de moler detrás de la casa. Se movía convulsamente, como si temblara, y se tapaba la cara con las manos. Estaba llorando. Era la primera vez que veía llorar a su padre. Sintió un fuego subiéndole del estómago a la cabeza. Un fuego de odio y rabia. Aquellos hombres eran unos malvados. Pensó en coger el cuchillo de matarife y apuntillarlos a todos por la espalda. Era lo que se merecían. Pero sólo tenía nueve años. Viendo a su padre llorar, se juró a sí mismo que cuando fuera mayor lo haría.

-¡Más vino, María!- Roncó el cabo, ya completamente borracho, dirigiéndose a la madre que permanecía refugiada en la cocina como un conejo asustado.

A lo lejos, el filo del invierno se cernía sobre la oscura cresta de los montes. Se veía un pequeño cementerio y una ermita en ruinas con una cruz de piedra renegrida a la orilla de un camino.     

El perro de la casa, que se llamaba Sisobra y que era un galgo mestizo con una pata coja, atigrado y de color cieno como una hiena, revoloteaba moviendo el rabo alrededor de la mesa, esperando algún hueso o alguna migaja, aun a riesgo de recibir alguna patada que otra.

 

 

 

 

 

 

DEFINITIVAMENTE te han abandonado los dioses.

No esperes ya ningún viento favorable ni que el mar se calme

cuando en el cielo se vaya desvaneciendo la noche.

Así que recoge tus velas y rema contra las olas

alejando tu balsa de los acantilados.

No te abandones al cansancio.

Maldices a gritos tu negro destino

mientras la espuma del mar golpea con furia tu rostro.

La vida es esa isla verde que, un poco más cada día,  parece alejarse.

Ahora ya sabes que estás maldito

y que ya ninguna diosa protectora bajará del olimpo para salvarte.

Todavía tienes tu astucia y tu palabra,

y después de cada caída, absurdo tesón para levantarte.

 

 

PERDIDO

Definitivamente no me quiere la vida.

En el fondo nunca me quiso.

Si me cruzo con ella por la acera finge que no me conoce

y me deja con la sonrisa helada

y la palabra colgando como baba de la boca.

No me quiere a su lado, ni cerca de ella,

ni en el sol de sus dominios.

¿Será porque soy extraño? ¿Será porque soy feo?

Jamás me ha invitado a sus fiestas,

ni en las reuniones ha contado conmigo.

Miro por la ventana cómo todos sostienen la copa en la mano

sin que les tiemble el pulso,

cómo se hablan y se reconocen,

se entienden y hasta llegan a amarse a veces.

Mientras yo, al otro lado de la vida,

en los arrabales de la suerte,

sigo sin entenderme a mí mismo.

Con lo grande que es la Tierra, con tanto espacio libre,

con tantas sillas vacías en el espectáculo del mundo,

no sé porqué todavía, yo no he encontrado mi sitio.

 

 

 

BAR DE CARRETERA

Se sentaron a una mesa, en un rincón junto a la ventana, cerca de un expositor de navajas de Albacete, quesos de oveja y recuerdos de La Mancha.

La camarera, una muchacha grande, gorda y encorvada, con gafas de aumento y cara de catequista, fregaba el suelo resoplando como un búfalo.

Un individuo orondo y sudoroso miraba la televisión sentado en un taburete, apoyando un codo en la barra mojada y pegajosa. Llevaba gafas de sol a pesar de ser de noche, el escaso pelo engominado hacia atrás, y un careto que recordaba a los cabezudos de las fiestas de los pueblos. Olía como el sahumerio de un muerto en un tórrido velatorio de verano. En la televisión apareció un antidisturbios pegándole con la porra en las corvas a una muchacha que sostenía una bicicleta con las manos.

-         ¡Ahi, dale, dale más!- rugió el cabezudo, echándose a continuación al gaznate un largo trago de cocacola light.

El camarero se rió. El camarero tenía cara de pícaro del Siglo de Oro, los ojos pequeños, ruines y bizcos, la boca espatarrada y socarrona, y la cabeza pequeña, apepinada y coronada por un pegote negro y deslucido, como si le hubiera cagado un buitre. Por el color de la piel no se podía saber a ciencia cierta si era de raza blanca o negra. Creo que más bien era blanco, aunque muy cetrino, un español medio.

El camarero acudió a servir a la pareja del rincón. Ella pidió un mosto, él un tinto de verano. Apenas se miraban. Estaban cansados, cansados del largo viaje por carretera, de los tediosos días de playa, de las prosaicas conversaciones sin interés, de la previsibilidad de las palabras, que ya no volaban como palomas mensajeras sino que se arrastraban como escarabajos arrastrando pelotitas de estiércol, de la vacuidad de los silencios, de la irritabilidad a flor de piel, ahora ofende lo que antes hacía gracia, del largo y convencional noviazgo, cansados el uno del otro, siempre esa misma fisonomía como un defectuoso fotograma repetido un millón de veces en una mareante cinta sin fin. A ella le empezaban a dar asco esos pelillos que le asomaban a él por la nariz, esa babilla blanca como requesón podrido en la comisura de los labios cuando hablaba entusiasmado de política o de coches. Cuando él la miraba, ella ya no se abría como un girasol, sino que, por el contrario, se cerraba como una concha que guarda celosamente su perla. Él, por su parte, cada vez encontraba más defectos y menos encantos en su novia. La miraba y se sentía solo e incomprendido, como si compartiera su vida con un cadáver ausente. Habían llegado al final del misterio y del deseo, el corazón ya no les latía con golpes de emoción y sorpresa como el martillo de una fragua, se había apagado el fuego en las miradas, el anhelo, el terror a perderse, la pasión de reencontrarse. Hasta los recuerdos se habían secado como momias milenarias y polvorientas. Algunas veces el amor se muere de muerte natural, de viejo.

Ella bostezó. Él sacó una servilleta del servilletero de níquel y se puso a trocearla ensimismado. Ella era guapa, los ojos grandes, la nariz pequeña, el pelo largo y negro, el rostro iluminado por una aureola de voluptuosidad. Movía el cuerpo espontáneamente como un delfín jugando con las olas. Seguía siendo muy hermosa, eso no podía negarse, siempre lo sería. Pero en la vida todo fluye y pasa, incluso la atracción de la belleza. A veces es demasiado caro el precio que hay que pagar por ella. Nada es eterno e imperecedero. Recientemente se ha descubierto que Parménides murió ahogado en el río de Heráclito.

Él era más bien feo, con cara de albañil curtido por el sol y la intemperie, las cejas muy pobladas, la nariz un poco de gorrino, pero todavía conservaba un cuerpo musculoso, a pesar de esa barriga incipiente.

Ahora apareció en la tele un futbolista corriendo como un demonio detrás de un balón.

-¡Na!-comentó el cabezudo a quien quisiera oírle- éste no sabe na más que chupar, se vuelve loco corriendo y no ve nunca a ningún compañero a quien pasar el balón-

- Se cree que juega solo en el patio del colegio- Intervino desde el otro extremo de la barra un parroquiano con el pelo blanco y las gafas de ver llenas de mierda, como si acabara de salir de un palomar o de un gallinero. Era el taxista del pueblo y se llamaba Eugenio. El cabezudo, tras mirarlo por encima del hombro, lo ignoró despectivamente y el taxista sonrió humillado como un bufón que no hace gracia a su rey.

-¡Me debes doscientos kilos de chatarra, Inocencio!- Dijo con voz de ogro, dirigiéndose a su acompañante, un individuo renegrido con un mono de tirantes lleno de grasa y de mierda, una nariz que más que una nariz parecía un puñado de barro que le hubiesen arrojado a la cara, y un ojo de cristal que brillaba como un faro al fondo de un mar tempestuoso. Era rotundamente feo. Mirarlo producía dolor estético. Su acompañante era un ejemplar calvo de ojos saltones, obeso y con rasgos y movimientos de enano. Los dos estaban sentados a una mesa junto a las máquinas tragaperras. El de la nariz de barro tomaba un café con la leche muy caliente (decía, con una lógica autóctona y esotérica, que era la única forma de quitarse el calor del cuerpo). El enano devoraba con fruición, cogiendo la cucharilla con sus dedotes de uñas negras, un trozo reseco de tarta de queso con arándanos.

- ¡He adelgazao nueve kilos, Rubalcaba!- Proclamó orgulloso el cabezudo, palmeándose sonoramente el barrigón, dirigiéndose al camarero, que estaba colocando sobre una bandeja llena de manchas que parecían escupitajos resecos las bebidas de la pareja del rincón.

- Y dale con Rubalcaba- protestó teatralmente enfurruñado el camarero- sin faltar, que yo no te falto a ti-

- Je je je, la otra noche te vi en la feria con una chica, Rubalcaba, je je je, ¡qué jodío!, no sabía yo que eras tan ligón, je je je, eres un crak, Rubalcaba-

- Sería mi novia- dijo el camarero, con un indisimulado orgullo viril que le hizo sonreír de gozo, mientras con pasos largos llevaba las bebidas a la pareja del rincón.

- Pos era más fea que picio, la ostia qué fea era la tía, pero si parecía un mochuelo-

- A lo mejor es que era un tío- Se inmiscuyó el taxista desde el otro extremo de la barra.

El cabezudo miró hacia otro lado y compuso un gesto de cansado desprecio. El taxista volvió a esbozar su sonrisa de siervo de la gleba.

De repente, tras la ventana serpenteó un relámpago que partió en dos la oscuridad del cielo. Fugazmente se atisbó un sediento paisaje de cardos, detritus y minas de carbón abandonadas.

La chica volvió la vista a la ventana con un sensual movimiento de cabeza. Sus largos pendientes tintinearon. Él removió los cubitos en el vaso que parecía lleno de sangre, mientras evocaba la imagen de un pastor que había visto esa tarde a través de la ventanilla del coche, un pastor que parecía escapado del Quijote, atravesando un campo hirsuto, corriendo tras sus ovejas echando el cuerpo hacia adelante, entre nubes de polvo bajo un sol canicular.   

Ella lo miró y le dijo:

-         ¿Nos vamos ya?, me dan miedo las tormentas-

-         Espera un poco- repuso él con angustiosa inquietud- anda, enséñame las fotos, que al final no las he visto- Su voz sonó como un organillo desafinado.

Ella suspiró con resignación, y poniéndose el bolso blanco sobre el regazo, empezó a rebuscar en el interior.

Él entonces tuvo la certeza de que la había perdido para siempre. En adelante algún otro devoraría su íntima belleza. La vida se va forjando a golpes de desarraigo. Miró al techo. La anodina luz fluorescente le recordó a un tanatorio. Sintió miedo. Un nuevo matiz del miedo. El miedo cósmico a lo desconocido.

La camarera llegó con la fregona junto a ellos. Las gotas de sudor se deslizaban desde sus pobladas patillas hasta la prominente y mórbida papada.

-         Qué, Violeta, ¿te vas de fiesta esta noche?- le preguntó el camarero mientras limpiaba la barra con un trapo que parecía el de un mecánico.

-         No- respondió la camarera con una voz que recordaba vagamente al cacareo de una gallina- tengo el turno de mañana y si no duermo luego estoy como un zombi-

Una vieja que parecía un cadáver exhumado con la mortaja hecha jirones, se asomó por la puerta y preguntó con la mirada extraviada y demente:

-         ¿Está aquí mi hija?-

Tras ella entró una breve ráfaga de olor a tierra mojada.

La camarera dijo que no y la vieja insepulta volvió a perderse en la noche.

A lo lejos, parpadearon las luces rojas y azules de un coche de la guardia civil.

La tele hablaba ahora del caníbal de Ferez.

“Y corrió con una navaja detrás de ella por el campo…”

La chica sacó las fotos del bolso, el novio alargó la mano y se puso a mirarlas.

La chica, disimuladamente, se hurgó la nariz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA QUIOSQUERA

Y asoma la cabeza por el ventanuco del quiosco

como un conejo asustado por la oquedad de su madriguera.

Entre tarros de golosinas y revistas trasnochadas

van pasando las horas yermas

mientras el sol se va descolgando

por las tapias del cementerio.

También a ella la traicionó el amor,

como un trilero de feria le robó todos los sueños.

Ahora está tirada en la cuneta de la vida,

desarraigada como un abrojo al que ninguna tierra quiere.

Ya no quedan caballeros andantes

en esas nubes que surcan el cielo.

Tras el día la noche, tras la noche la noche.

La soledad encajada en el pecho como una campana hueca.

Ningún beso la espera en casa a su vuelta,

sólo un viejo gato que huele su tristeza,

una cena fría y un reverberar de ausencia.

Y los ojos que se apagan,

y el cabello que blanquea,

y las luces que se encienden,

y los coches que se alejan.

 

 

 

 

EN LA CORTA DISTANCIA

Siempre hubo un abismo entre nosotros,

por más que me arrastrara paso a paso

intentando acortar la distancia contigo.

Venciste claramente en todos los asaltos.

Sabías que en el duro combate del amor

tú manejabas mejor los tiempos y los ritmos.

Yo lanzaba furioso mis golpes al vacío

hasta que tus ojos, de repente, me hacían bajar la guardia.

Ninguno de mis directos llegó siquiera a rozarte,

mientras yo mordía el polvo una y otra vez

con la carne abierta y los pulmones sin aire.

Siempre al borde del abandono,

viendo cómo entre tú y yo

se interponía un mundo cada día más grande.

Cansado de tus golpes bajos y de tus esquivas,

nunca supe de qué forma ni en qué distancia

tenía que amarte.

 

 

 

 

 

 

EL MANCHEGO

Harto de comer berzas y sodomizar gallinas,

decidió marcharse a Madrid en busca de fortuna.

Camarero, mozo de almacén, aparcacoches,

hortera de discoteca, buscavidas,

casose con una costurera patizamba de Vallecas villa.

Echaron un polvo y medio

y tuvieron un perro y una especie de hija.

Con su bigote escarchado, con sus ojos rijosos de envidia,

inverna en un panal de Móstoles

y vuelve al pueblo para las vendimias.

Le gustan los chuletones grandes, las desgracias ajenas,

los coches ostentosos, las apariencias,

el calor de agosto, las películas de risa.

Sentado a la puerta del bar, con el palillo en la boca

y las manos sobre las rodillas,

está esperando ver pasar el cadáver de algún vecino.

antes de que se desperdicie otro abyecto día.

Y eso es todo. Bueno, alguna vez que otra, por casualidad,

el sol simula algún pensamiento

en la calva de su celemina.

  

 

 

 

UNA HORA TARDE

Dime, ¿por qué te das la vuelta como si no quisieras verme

cuando te cruzas conmigo por la calle?

¿Es que ya no soy digno de ti?

¿Es que te avergüenzas del pasado?

¿Es que antes del amanecer volverá de nuevo a cantar el gallo?

Si te soy sincero, me parece bien que mires hacia delante

y digas sí a la vida

dejando que los muertos enterremos a nuestros muertos.

Yo ya no podía seguirte en tu obsesiva escalada

en pos de la felicidad.

Espero que por fin hayas coronado todas las cumbres.

Cada hora a mi lado era para ti una hora tarde.

En lo que a mí respecta, sigo con la venda puesta

y el mismo miedo de siempre

a andar sin red y sin suerte por el alambre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA ARTISTA

Es la artista de su pueblo.

Con su pamela de paja de terraza en terraza,

sus bocetos en la carpeta, sus pájaros en la cabeza,

mientras el mundo rueda como una piedra

cayendo por un barranco.

Y recorre las calles de Porcuna en busca del arte

que es como una puta que puede aparecer en cualquier esquina.

Las patas largas, los hombros hundidos,

   los pelos de estropajo, los pechos caídos,

   el cuerpo de sardina.

   Esperpento de madre y esposa,

   oráculo de los mansos, hazmerreír de los niños.

   ¿Es que no ves, Frida Calo,

que son ovejas estos andantes caballeros

   y ventas inmundas tus soñados castillos?

 

 

 

 

 

DE COMPRAS

Llevaban un buen rato esperando en la cola del supermercado. El padre, la madre y el niño. El padre vestía unos trasnochados pantalones de tergal que le quedaban pesqueros, con unos tirantes cruzados sobre una camisa de cuadros abotonada hasta el cuello. La cabeza en forma de calabacín, unas gafas de culo de vaso con los cristales sucios de dedadas y restos de mocos secos, la calva pronunciada, los dientes de burro, los labios leporinos. Estaba sudando, el sudor le goteaba desde las patillas hasta la comisura de la boca. Miraba nervioso a un lado y a otro, apoyado en el carro que estaba repleto de comida, trastos absurdos y fitosanitarios.

La madre era una morenaza de belleza serena, una belleza que empezaba a marchitarse como las hojas de los árboles al llegar el otoño.

El niño tenía las orejas muy grandes, el cuerpo echado hacia delante como un costalero, gafas de aumento cuyos cristales parecían hacer hondas como el agua de un estanque al que se le arroja una piedra, la cara bobalicona, era muy feo, se parecía al padre.

Tras las lunas de los escaparates caía la tarde sobre un parque, donde una vieja sentada en un banco de madera con el escudo de una caja de ahorros, hundía los pies en la hojarasca, bajo una lluvia de hojas que arrancaba el viento de los árboles todavía frondosos. La vieja permanecía ensimismada como una estatua olvidada en el recodo de un laberinto.

-¡Ya está bien!- gritó de repente el padre con voz de contralto, haciendo aspavientos con sus brazos sarmentosos- ¡hay sólo dos cajas abiertas y mientras las demás cajeras ahí parloteando como cotorras, bla bla bla bla blaaaa!-

Y compuso una postura ridícula y afeminada con los brazos cruzados y la cadera adelantada.

Las aludidas dejaron de hablar y lo miraron alucinadas, como si vieran caer un avión.

-¡Están todas ahí en la sección de zapatos y nadie está comprando zapatos, es indignante, y bla bla bla bla bla, y bla bla bla bla bla, venga, venga, ya sólo falta que se pongan a bailar, ( y se puso a dar saltos y hacer grotescas cabriolas como si intentara bailar una jota aragonesa), sí, sí, vosotras, podíais poneros en las cajas de una puta vez y no tenernos aquí esperando una hora como estamos!-

La mujer se apartó unos pasos, un poco avergonzada de su marido.

-¡Parece que se ríen de nosotros, siempre se están riendo de nosotros, ji ji ji ji ji, ji ji ji ji ji, tengo razón o no!-

- Sí, sí que la tiene- Le siguió la corriente una mujeruca muy gorda con una peluca de color magenta, que estaba delante de él en la cola, esbozando una sonrisa forzada.

-¡Pues claro que la tengo, cómo no la voy a tener, aquí esperando como gilipollas y mientras ellas ahí hablando como cotorras, bla bla bla bla bla, y bla bla bla bla bla, a ver, usté- aulló abalanzándose sobre un individuo que casualmente pasaba por allí, con camisa verde, ojos de pescadilla y el cabello de la nuca sobre la frente para disimular la calva,- haga el favor de ponerse en la caja ahora mismo!-

La pescadilla lo miró con los ojos muy abiertos.

-¿Eh? –

- ¡Que se ponga en la puta caja le he dicho!-

- No puedo, caballero, yo soy el informático-

- ¡El informático, a mí no me vengas con ese cuento, te he visto antes detrás de aquella caja¡-

- Ya, pero era porque estaba arreglando el ordenador-

-¡El ordenador, una mierda el ordenador, lo que pasa es que sois todos unos vagos y unos maricas, a ver, ponte en esa caja ahora mismo!-

- ¿Eh?-

- ¡Pero es que estás sordo o qué, que te pongas ahora mismo en la caja!-

- No puedo señor-

El informático empezó a alejarse mirando de reojo como un banderillero que se aleja del toro.

-         ¡Que venga el encargado ahora mismo, quiero hablar con el encargado!-

La indignación del hombre rallaba ya en la locura. Tenía la cara roja, echaba espuma por la boca y los ojos se le salían de las órbitas. La mujer, avergonzada, se había alejado con el niño, abandonando al padre y el carro de la compra.

Todos los clientes lo miraban, unos asustados, otros divertidos. Un albañil con un pendiente pirata en la oreja, patillas canosas, ojos ruines, bermudas blancas y una mariconera cruzada sobre la barriga cervecera, lo animó como si achuchara a un perro de presa:

-         ¡Diga usté que sí, duro con ellos!-

Mientras lo jaleaba se le reían los ojillos pícaros.

-¡Y vosotras dejar de correr que esto no es el patio del colegio!- Gritó el hombre iracundo dirigiéndose ahora a unas niñas que correteaban jugando a pillarse

-¡Pero bueno,- exclamó con voz ronca de fumadora compulsiva la madre de las niñas, que tenía la cara arrugada y cenicienta y le faltaban varios dientes en la oscura boca- ¿de dónde ha salido este personaje? aquí la única que regaña a mis hijas soy yo, so necio!-

- ¡¡¡Que abran más cajaaaaaasssss!!!- Aulló el hombre, retorciéndose como si se le hubiera reventado una tripa.

Alguien había avisado a seguridad. Llegó corriendo un vigilante que tenía la cara como los buldogs de los dibujos animados, los brazos delgados, algo de chepa y le olía el aliento a alioli.

-         ¡Haga el favor de acompañarme a la salida!-

-         ¡Yo no he hecho nada, no me toques, a mí no me toqueeeesssss!-

-         Pues haga el favor de marcharse o llamo a la policía-

-          ¡A mí no me toques que yo no soy un delincuente, vosotros sois los delincuentes que nos robáis el dinero y nos tratáis como si fuéramos una mierda, ya, ya verás cuando manden los chinos como os van a tratar a vosotros, os van a tratar como a perros!-

-   Déjelo señor guardia,- intervino en tono conciliador la mujer, que se había acercado al ver al vigilante echarse mano a la porra- es que tuvo un accidente con el taxi y le tuvieron que poner unas placas en el cerebro, desde entonces está así, no sabe lo que dice, está asustado, vamos, Serapio, vámonos a casa-

Finalmente la mujer consiguió arrastrarlo hasta la salida. Ya en el umbral, el hombre se volvió de repente y gritó por última vez:

-         ¡Hijoputas!- Y echó a correr por el parking con grandes zancadas y el cuerpo hacia delante. Se parecía a Mortadela en la viñeta de un cómic.

La mujer movió la cabeza con pena y fue tras él con el niño de la mano.

La vieja del banco acabó de comerse una magdalena, y como no se atrevía a tirar el papel al suelo, se lo comió también. Cuando el hombre pasó corriendo a su lado, le gritó:

-         ¡Eh, eh, usté, ¿ha visto a mi hija?-

El hombre no contestó y siguió corriendo esquivando los coches aparcados.

La madre y el niño alcanzaron por fin al padre, y los tres cruzaron la calle y se perdieron tras una esquina.  

Sobre los tejados se ponía el sol.

El negro que pedía en la puerta del supermercado, recogió su mísero atillo y corrió para alcanzar el autobús.

 

 

 

 

 

 

¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

-         Dime, ¿quién eres?- Oyó que hablaban al otro lado de la línea.

-         ¿Oye?, a ver, dime, ¿qué querías saber?-

-         Hola- Se atrevió por fin a hablar. Su voz sonó como un quebrado lamento.

-         Hola, a ver, dime, ¿cómo es tu nombre? ¿qué quieres saber?-

-         Me llamo Asun, y quiero saber si mi marido va a volver-

-         A ver, ¿qué signo eres?-

-         ¿Cómo?-

-         Que qué signo del zodiaco eres, cariño-

-         Ah, soy Sagitario-

-         Sagitario, muy bien-

Se oyó barajar cartas al otro lado de la línea.

-         A ver, Asun, cielo, las cartas me dicen que tu marido te ha abandonado por otra persona-

-         Sí, sí-

-         Y que esa otra persona es más joven que tú-

-         Sí, sí-

-         Pero que esa relación no va a durar mucho, que él todavía te quiere pero que ya no le gustas como al principio-

Asun se tocó la cara. La tenía llena de arrugas. Los pechos grandes, pero caídos, parecían calabacines en una mata. Ya no era atractiva. El tiempo le había clavado una lanzada en el costado.

-         Tú quieres que vuelva contigo y él quiere volver, pero…-

-         No, no, yo no quiero que vuelva, me ha hecho un daño irreparable, siento asco y desprecio por él-

-         Eso mismo dicen las cartas, dicen también que tú vas a conocer a otra persona que te hará olvidar a tu marido-

-         Sí, ya he conocido a otra persona-

-         Pues eso, que acabas de conocer a otra persona en una discoteca de mayores y que…-

-         ¡No, no, ya lo conocía, es un amigo de la infancia, se llama Roberto-

-         Bueno, ejemm, pero que ahora lo has conocido más a fondo quiero decir, vamos, en otro aspecto, ya me entiendes-

-         Sí, eso sí es verdá, pero ¿mi marido va a volver?-

-         Y para qué quieres que vuelva tu marido, hija de mi alma, si ya estás con otro hombre-

-         Es que quiero que se arrastre, que pague todo el daño que nos ha hecho-

-         A ver, las cartas dicen que efectivamente él quiere volver, pero que no se atreve, que él te va a pedir que le dejes volver a través de otra persona pero que ya va a ser demasiado tarde, ¿tenéis hijos?-

-         ¿Eh?, sí, una niña-

-         Eso mismo dicen las cartas, que tenéis una niña en común-

-         ¡No, no, perdona, dos niñas, Ana y Elena, es que estoy un poco nerviosa-

-         Bueno sí, a ver, sí, ejemmm, aquí dice que hay otra niña más por algún lado, efectivamente, es que se me había caído de la mesa la sota de oros, ejjemmmm, a ver, qué tonta, las cartas dicen que alguna vez habéis hablado por teléfono y que…-

-         ¡No, no, no nos hablamos, nos la tenemos jurada!-

-         Pues eso, pero que al principio, vamos, antes de separaos quiero decir, sí que os hablabais, las cartas dicen que tu familia te apoya a ti y la suya a él-

-         ¡No, no, mi familia lo odia y la suya me apoya a mí, todo el mundo sabe lo malo que es, se va a ver solo como un perro cuando esa puta lo deje desnudo en medio de la calle-

-         Pues eso quiero decir, cariño, que se va a ver solo, que va a querer volver pero que tú ya le habrás cerrado todas las puertas-

-         Sí, sí, y ¿cuándo va a volver?-

-         A ver, uhhhhhh, las cartas dicen que pronto, que esa nueva relación no va a durar mucho pero que, a ver, aquí dice que sí, que efectivamente él va a querer volver pero que cuando te lo pida tú no vas a querer saber ya nada de él porque habrás rehecho tu vida con otra persona-

-         ¿Pero entonces no va a volver?-

-         A ver, ya te lo estoy diciendo, jo….lines, que me estás haciendo las cartas un lío, dicen las cartas que va a volver pero que entrará en conflicto con otra persona que te está apoyando mucho en tu vida porque es una persona seria y responsable, buena y con un trabajo estable-

-         ¡No, no, no tiene trabajo, era tapicero pero cerraron la empresa donde trabajaba-

-         Pues eso, ejjemmmm, con un trabajo estable hasta que lo perdió por culpa de la crisis, es que no me dejas acabar nunca, criatura, que quieres saber más que las cartas,  je je je,  a ver, ¿cuántos años tienes corazón?-

-         ¿Eh?-

-         Que cuantos años tieeeenes-

-         Cuarenta y seis-

-         ¿Y él?-

-          ¿Eh?-

-         Él, cuantos años tiene él-

-         Quién-

-         Tu marido, quien va a ser, alma de dios, el hombre del tiempo-

-         Cincuenta y uno y su puta treinta y tres-

-         A ver, las cartas dicen que le guardas mucho rencor a su nueva pareja, que piensas que has sido engañada y traicionada por los dos-

-         ¡No, no, su puta me es totalmente indiferente, es más, si se muriera ahora mismo iría a su entierro con una pamela-

-         Las cartas dicen que te venía engañando desde hacía tiempo con ella y que tú acabaste por descubrirlo-

-         Sí, sí, encontré en sus pantalones una factura de un hotel del polígono de Parla-

-         Y claro, tú nunca habrías esperado de él una infidelidad así, pensabas que era un marido y padre modélico, era lo último que podías esperar en la vida-

-         ¡No, no, él siempre fue mujeriego y un poco putero también, se paraba en todos los quioscos a ver las revistas pornográficas, pero yo me hacía la tonta para salvar mi matrimonio-

-         Eso mismo dicen las cartas, y dicen también que todavía hay unos bienes y un dinero en comùn y que eso no está solucionado-

-         No, no, el dinero lo saqué yo del banco y la casa está a mi nombre, me dijo mi hermana Socorro, que es pasante en una gestoría, me dijo mira Asun, uhhh, saca todo el dinero inmediatamente  porque esas ecuatorianas van siempre a la caza de algún tonto con dinero, dice y saben que a estos viejos con cuatro cosillas que se les haga…pero, uhhhh, lo que yo quiero saber es si mi marido va a volver o no-

-         Pero si ya te lo he dicho, hija, las cartas dicen que sí y que no, ¿tú quieres que vuelva?-

-         ¿Eh?, yo no-

-         Entonces pa que me estás mareando tanto con que si va a volver o no va a volver, hija mía, que ya no distingo entre el caballo de bastos y el as de corazones, ale, adiós, cariño, y levanta ese ánimo, que no se acaba el mundo porque te deje un ser asqueroso como ese, perdona que te hable así, cariño, pero es que me hierve la sangre con todos estos inmundos caraduras, degenerados y sinvergüenzas, bueno, Asun, hay otra llamada en espera, ¿querías saber algo más?, vamos, rápido-

-         No- Respondió Asun con un hilo de voz.

-         Pues entonces adiós, y ánimo, que no se acaba el mundo porque te haya abandonado un ser despreciable como ese, mejor para ti, te ha hecho un favor esa alimaña, un muerto que te quitas de encima, je je je que le lave los calzoncillos otra imbécil, ale, adiós, cariño, y ¡suerte!-

-         Gracias adiós-

Asun colgó el teléfono. Eran cerca de las cuatro de la mañana. Las niñas dormían. La electricidad zumbaba por los cables emparedados, como un puñal desgarrando el silencio, el miedo, la soledad, la tristeza, el odio…y el amor.

 

 

 

 

 

                 LA PUTA VIEJA

                 Pero ¿qué haces ahí todavía?

                 ¿A quién coño esperas ya?

                  Acaso a un príncipe azul

                  que baje de esas nubes negras

                  que vomitan las chimeneas de la fundición?

                  Pareces un escombro más

                  entre los montones de la escombrera.

                  Con tus dientes pochos, con tus rotas medias,

                  con tu hedor a perro muerto

                  y a antiséptico de hospital,

                  viendo pasar los coches y las furgonetas

                  que vienen del polígono industrial.

                  Nadie diría ahora que un día ya lejano

                  fuiste reina y princesa.

                  Qué cruel y mordaz es esta puta vida.

                  Tiene esa sonrisa llena de macabras muecas.

                   Sola, caduca, desesperada,

                   mientras las horas se vierten

                   como lágrimas en una clepsidra.

                   Y las ratas te miran, y los perros te ladran,

                   y las aves emigran, y la noche se cierra.

 

 

 

 

 

 

  Y me alejé de ella con la cabeza alta,

aunque por dentro el corazón se me había reventado

como la rueda de un coche viejo.

Con pasos inseguros me adentré de nuevo

en la soledad y en la noche.

Había muerto ya tantas veces

que debería estar acostumbrado.

Sin embargo presentía que esta vez

no conseguiría llegar al final de la calle.

Es tan duro desandar el camino del cementerio.

Mis pies se enterraban en la tierra al alejarme.

En el cielo menguaba la luna

y a mi paso aullaban los perros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PRESO

El preso salió esposado a la calle custodiado por dos policías. El sol le dio en la cara y entornó los ojos deslumbrado por la luz dorada del atardecer. Era otoño. Un sábado por la tarde. Los muchachos de su edad quedaban con sus novias para ir al cine, para ir a bailar o para pasar la tarde en un centro comercial mirando ropa. A él lo llevaban esposado a los calabozos de la comisaría.

En una gran explanada rodeada por una herrumbrosa alambrada, iban aparcando los coches en batería. Sobre el césped de un campo de fútbol de barrio, que bajo ese sol brillante y limpio del otoño parecía refulgir como esmeralda, los futbolistas, un poco viejos, barrigones y calvos, corrían detrás del balón profiriendo gritos simiescos. Por la carretera rugía el tráfico. Y la gente esperaba en los semáforos para cruzar la calle.

Uno de los policías, que llevaba un peluquín que parecía un mocho de fregona que le hubiese caído sobre la cabeza desde lo alto de una terraza, le ordenó al detenido con voz neutra y seco acento extremeño:

-         Vamos sube-

El preso agachó la cabeza y entró a la parte trasera del coche. El policía cerró la puerta y tras quitarse la porra se acomodó en el asiento del copiloto, junto a su compañero. El coche arrancó.

El preso miró por la ventanilla. Sentada sobre un pretil de hormigón había una chica que se le quedó mirando con unos ojos grandes, tristes y hermosos. La chica estaba con su novio, un muchacho cetrino de sonrisa estólida con una cresta de gallináceo sobre la cabeza.

-         Le deben de hacer daño las esposas en las muñecas- Comentó la chica a su novio, que estaba bebiendo una lata de cocacola como un sisón haciendo buches.

El coche celular bajó una rampa y se incorporó a la carretera. El preso estaba pálido. Le esperaba un sórdido calabozo, dos largas noches de oscuros temores y angustiosas esperanzas. Y el lunes, a primera hora, cuando en el aire de la madrugada parecen flotar agujas de miedo que se clavan en la piel, la buena o mala predisposición de un juez que dispondría de su vida.

El coche pasó junto a un hospital. Allí los enfermos echaban de menos la salud igual que él ahora echaba de menos la liberad.

Los policías iban hablando de fútbol, ajenos a la tragedia personal que iba tomando forma a cinceladas de dolor en el asiento de atrás.

El preso miraba ávidamente por la ventanilla. Allí fuera estaba el mundo, la luz, los árboles, los colores, la satisfacción de llenarse los pulmones de aire libre, decidir, acertar, errar, el libre albedrío. Vio a un mendigo rebuscando en un estercolero y lo envidió. Me cambiaría por él ahora mismo, pensó. Seguramente el mendigo habría aceptado el cambio sin pestañear: el mendigo era viejo y el preso era joven.

El sol se puso sobre los bloques anodinos de un polígono industrial. El cielo se volvió rojo, luego se fue apagando como las brasas de un fuego y las farolas se fueron encendiendo. La vida seguía, con sus aburridas certidumbres y preocupantes incertidumbres.

 

 

 

 

 

 

 

 

PASEO POR EL AMOR Y LA MUERTE

El chico entró a la perfumería. Llevaba una gorra de béisbol sobre una cabeza que parecía una bombilla de noventa vatios. Tenía la cara iluminada. Sin rastro de pelo en las cejas ni en la cabeza. Pálido como un cadáver. Parecía un fantasma.

Se le acercó una dependienta con gafas de aumento, cabeza de pepino y dientes de caballo. Un moño de momia apolillada y un protuberante grano en el lado izquierdo de la frente que parecía el cuerno de un cervatillo. Abrió la boca como si se dispusiera a morderle y dijo:

-         Dime, ¿qué querías?-

-         ¿Eh?- respondió el fantasma- no, yo, yo venía…-

-         ¡Faustino!- Gritó desde el fondo de la tienda otra dependienta de ojos grandes y oscuros, muy guapa, algo gordita, cabello largo y nariz de niña. Corrió hacia el fantasma y lo abrazó. Al fantasma se le cayó la gorra dejando ver la redondez fluorescente de la bombilla.

-         ¡Qué sorpresa!, pero…¿cómo es que te han dejado salir?, ¿es que ya estás mejor?-

-         ¿Eh?, no, tengo que volver antes de las ocho, sólo he salido para…sólo he salido un rato-

-         No me digas que te has escapado- Fingió reñirle la dependienta componiendo un gracioso mohín. La ironía se desbordaba por sus hermosos ojos risueños.

-         Es que…estaba allí solo en la habitación y me acordaba de ti-

-         Ay Faustino Faustino, ¿y qué tal llevas la quimioterapia?-

-         Ya ves, parezco Cásper-

-         Qué va, hombre, estás muy guapo, oye, espera aquí un momento-

La dependienta se giró con fresca espontaneidad y se acercó al encargado para preguntarle:

-         Oye, Josemi, ¿puedo salir cinco minutos?-

El encargado, un mulato relamido que parecía que le hubiesen recortado el pelo de la nuca con un transportador de ángulos, le dirigió a la chica una mirada cómplice y asintió con la cabeza.

El encargado y la dependienta de la nariz de niña tenían un romance secreto. El fantasma lo adivinó por la forma como se miraron. Se sintió muy solo de repente, pero no dijo nada.

La chica se acercó de nuevo al fantasma y lo cogió del brazo.

-         Vamos-

Salieron a la calle. El sol se reflejaba en el escaparate e iluminaba el cabello y los ojos de la muchacha como un milagro dorado. El milagro de la vida.

-         ¿Y qué tal te va?, ¿te cuidan bien allí dentro?-

-         Psssss, es un aburrimiento-

-         Te veo mucho mejor, Faustino, la última vez tenías cara de desesperado, ya sabes, tienes que aguantar hasta que te cures, hoy en día el cáncer se cura en un alto porcentaje…¿qué llevas ahí?-

-         ¿Eh?, ah, esto, es el drenaje- El fantasma se puso colorado y trató de ocultar la bolsita llena de sangre y mierda bajo su amplio camisón de rapero.

Sabía que se iba a morir. Ya le importaban pocas cosas en la vida. Veía la vida como un sainete estúpido con una trama artificiosa y forzada de irreales preocupaciones. Sólo quería verla de nuevo, respirar el olor de su pelo, sentir la luz de su mirada, su vivificante presencia, su cálido aliento.

-         Oye, Faustino, tengo que volver-

-         Ya-

-         Bueno, iré a verte cuando pueda, cuídate mucho-

-         Vale-

La chica dudó un momento. Finalmente lo besó en la mejilla. Ya no se atrevía a besarlo en la boca. Era sólo un fantasma del pasado.

El fantasma la contempló alejándose, tal vez para siempre. Ella no volvió la cabeza. El fantasma se colocó su gorra sobre la bombilla y subió la calle lentamente, bordeando un parque donde las mamás sacaban a jugar a los niños y a cagar a los perros y viceversa.

En el interior de un macdonalds, un empleado cincuentón y canoso (el hombre no pudo llegar más lejos en la vida), evolucionaba entre sus adolescentes compañeros de trabajo con su visera calada y parpadeando como un mochuelo.

-         ¡Siguiente!-

-         Una winipini con queso- Dijo dulcemente una rubita de pelo corto, con los ojos y los pechos muy grandes.

El encargado de la perfumería, por detrás del mostrador, fue a coger con disimulo la mano de la dependienta de la nariz de niña.

-         Ahora no, Josemi- Dijo la muchacha con un sensual susurro. Instintivamente miró por la ventana. El fantasma había desaparecido.

 

 

 

 

 

¿QUÉ DÍA ES HOY?

Llevaban muchas horas en el velatorio. Estaban cansadas de hablar y hasta de llorar. Nadie decía nada. El muerto estaba en su ataúd, un poco inclinado, expuesto tras el cristal como una pescadilla. Sonso comía un bocadillo de chorizo cuyo fuerte olor se mezclaba con el mareante olor del sahumerio y de las flores de las coronas.

La novia del muerto tenía los ojos enrojecidos. Un halo de voluptuosidad rodeaba su tristeza. Por decir algo preguntó a Sonso, que estaba a su lado:

-         ¿Qué día es hoy?-

-         ¿Eh?- Preguntó a su vez Sonso, que era un poco lenta de reflejos.

-         Que qué día es hoy-

-         ¿Hoy?-

-         Sí, hoy-

-         Espera que lo mire en el móvil-

Sonso dejó su bocadillo sobre una silla de plástico y se puso a accionar con sus torpes dedos el diminuto teclado del móvil. El muerto parecía dormido. La novia dejó de prestar atención a Sonso y volvió a mirar al muerto. Parecía dormido, sin embargo antes, cuando dormía, parecía muerto. Estaba más guapo que de vivo, por lo menos no se le veían los dientes negros y mellados como cuando hablaba, cuando reía o cuando le hacía el amor en la postura del fraile. Además le habían afeitado esa barba de chino con cuatro pelos retorcidos que parecían brotar de una verruga. Pasaron los minutos y Sonso seguía tocando las teclas concentrada en su ardua tarea.

-         Este móvil no funciona- Pareció rendirse al cabo de un tiempo. Entonces tecleó un número y se puso el teléfono en la oreja.

-         ¿Sí?- se oyó al cabo de un rato una voz algo gangosa al otro lado de la línea

-         Pa pa pa padre- Tartamudeó la buena de Sonso.

-         ¿Sï?-

-         Padre-

-         Sí, ¡ah!, hola Sonso, dime, hija-

-         Oye padre-

-         Qué-

-         Que que que qué día es hoy-

-         ¿Eh?-

-         Que qué día es hoy, padre-

-         ¿Que qué día es hoy?-

-         Sí , padre, qué día es hoy-

-         ¿Por qué?-

-         Por na, porque lo quiero saber-

-         ¿Eh?-

-         ¡Que porque lo quiero saber, sordo!- El padre era viejo y estaba un poco teniente. Lo habían operado de un ojo y se conoce que la operación le había afectado a algún órgano del oído interno.

-         ¿Dónde estás?-

-         ¡Que qué día es hoy, padre!-

-         ¿Eh?, dime, diga, ¿diga?-

-         ¡Padre, padre, qué día es hoy!-

-         ¿Sí?, ¡Sonso, Sonso!-

-         ¡Que que que qué día es hoy, padre!-

-         ¿Eh?-

-         ¡Que qué día es hoy!!- Las voces retumbaban bajo la bóveda fluorescente del tanatorio. El muerto parecía escuchar.

-          ¡Padre, padre!-

-         ¡Dime, Sonso!-

-         Dime qué día es hoy-

-         ¿Por qué?-

-         ¿Eh?-

-         Que para qué quieres saber qué día es hoy-

-         Porque quiero saberlo, padre, porque no lo sé y lo quiero saber-

-         ¿De número o de la semana?-

-         ¿Eh?-

-         ¿Cómo?-

-         ¿Qué?-

-         ¿Dónde estás?-

-         Aquí, con mi amiga Eva-

-         ¿Eh?-

-         ¡Que estoy aquí padre!-

-         Ah, y qué quieres-

-         ¡Que me digas qué día es hoy!-

-         ¿Eh?-

-         ¡Que qué día es hoy, padre!-

-         Espera, te paso con tu madre-

-         ¿Dígame?-

-         ¡Mamá, mamá!, ¿qué día es hoy?-

-         Hola, Sonso, ¿te has tomao la pastilla?-

-         ¿Eh?-

-         ¡Que si te has tomao la pastilla!-

-         Todavía no-

-         ¿Qué dices?-

-         ¡Que todavía no!-

-         Pues tómatela-

-         ¿Qué día es hoy, mamá?-

-         ¿Eh?-

-         Que que que qué día es hoy-

-         Espera, que te paso con tu padre-

-         ¿Si, dígame?-

-         ¡Padre, padre!-

-         ¿Diga?-

-         ¡Que que que qué día es hoy, padre!-

-         ¿Que qué día es hoy?-

-         Sï, qué dia es hoy

-         No lo sé, ¿por qué?-

-         Porque quiero saberlo-

-         ¿Eh?-

-         ¡Que porque quiero saberlo!- Sonso empezaba rendirse. Comenzaba a sentir el acíbar del fracaso. Para una cosa que le encargaban… Era una inútil total. El muerto parecía indiferente a todo. Tenía una corona a sus pies que ponía: tus hijas y nietos no te olvidan. Pero en el tanatorio no estaban las hijas ni los nietos. Sólo la novia que había conocido en los últimos tiempos en la Carroza, en una de las últimas treguas que le concedió el cáncer. Incluso habían hecho un viaje juntos a Benidorm. La novia era mucho más joven que el muerto. Morena, de piel clara, cuando salía a la calle y el sol le daba en los ojos y en el pelo, parecía que sucedía un milagro, el milagro de la vida.

-         ¡Pa pa padre, padre!-

-         ¡Dime, hija!-

-         ¡Que qué día es hoooooyyyyy!-

-         ¿Cómo?-

-         ¡Que que que qué día es hoooooyyyy!!!!- Con el esfuerzo se le escapó una pequeña ventosidad.

-         Déjalo ya, Sonso, – intervino la novia con un mohín de cansancio ante tantas voces estériles y estridentes- ¿qué más da qué día sea hoy?-

Al otro lado de la línea, el padre seguía sin oír nada:

-         ¿Eh?, ¿diga? ¿diga?-

-         Déjalo ya, padre, qué más da qué día sea hoy-

-         ¿Cómo?-

-         ¡Que puerta!- Y Sonso colgó el teléfono componiendo una mueca de disgusto, con su flequillo romano y con su verruga de bruja vieja junto a la trémula barbilla arrugada.

Tras un largo silencio, la novia, por romper el hielo, preguntó ahora:

-         ¿Qué hora es?-

-         ¿Eh?-

-         Nada, Sonso, déjalo, no he dicho nada- (Demasiado tarde).

-         ¿Que que que qué hora es?

   Sonso cogió de nuevo su móvil, y se dispuso a marcar otra vez el número de su padre. El muerto parecía ausente, indolente a todo. La novia se apartó el pelo de la cara con una graciosa sacudida. En la oquedad de un rincón, una cucaracha asomaba las antenas intentando aprender algo, para cuando su especie heredara la Tierra, de aquellos extraños seres bípedos de avanzada tecnología.

 

 

 

 

DUELO

Nos queda la pena.

Como un trozo de pan negro a la luz de una vela.

Las persianas bajadas,

la mirada perdida,

el amor amputado,

las nocturnas ausencias.

Tiene algo el final de la vida

que recuerda el final de una fiesta.

Un vacío lleno de despojos

y la sensación de que todo se quedó a medias.

Pero bueno, volvamos al trabajo,

hay tantos problemas que nos necesitan…

Va a empezar un nuevo día

y, sin preguntarse nada,

el mundo sigue dando vueltas.

 

 

 

Ë Ë Ë Ë Ë Ë

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TÍTULOS ANTERIORES:

Diotima

Ápeiron

Cumbre y derrumbe                                   

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Setenta veces siete

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El día menos pensado

La sombra

Geometría y olvido

Las dionisias

Un burdel al lado del cementerio

Barro en las suelas y veneno en las venas

Contra las cuerdas

En la corta distancia

¿qué día es hoy?

29 de Octubre de 2011
 

¿QUÉ DÍA ES HOY?

 

Llevaban muchas horas en el velatorio. Estaban cansadas de hablar y hasta de llorar. Nadie decía nada. El muerto estaba en su ataúd, un poco inclinado, expuesto tras el cristal como una pescadilla. Sonso comía un bocadillo de chorizo cuyo fuerte olor se mezclaba con el mareante olor del sahumerio y de las flores de las coronas.

La novia del muerto tenía los ojos enrojecidos. Un halo de voluptuosidad rodeaba su tristeza. Por decir algo preguntó a Sonso, que estaba a su lado:

-         ¿Qué día es hoy?-

-         ¿Eh?- Preguntó a su vez Sonso, que era un poco lenta de reflejos.

-         Que qué día es hoy-

-         ¿Hoy?-

-         Sí, hoy-

-         Espera que lo mire en el móvil-

Sonso dejó su bocadillo sobre una silla de plástico y se puso a accionar con sus torpes dedos el diminuto teclado del móvil. El muerto parecía dormido. La novia dejó de prestar atención a Sonso y volvió a mirar al muerto. Parecía dormido, sin embargo antes, cuando dormía, parecía muerto. Estaba más guapo que de vivo, por lo menos no se le veían los dientes negros y mellados como cuando hablaba, cuando reía o cuando le hacía el amor en la postura del fraile. Además le habían afeitado esa barba de chino con cuatro pelos retorcidos que parecían brotar de una verruga. Pasaron los minutos y Sonso seguía tocando las teclas concentrada en su ardua tarea.

-         Este móvil no funciona- Pareció rendirse al cabo de un tiempo. Entonces tecleó un número y se puso el teléfono en la oreja.

-         ¿Sí?- se oyó al cabo de un rato una voz algo gangosa al otro lado de la línea

-         Pa pa pa padre- Tartamudeó la buena de Sonso.

-         ¿Sï?-

-         Padre-

-         Sí, ¡ah!, hola Sonso, dime, hija-

-         Oye padre-

-         Qué-

-         Que que que qué día es hoy-

-         ¿Eh?-

-         Que qué día es hoy, padre-

-         ¿Que qué día es hoy?-

-         Sí , padre, qué día es hoy-

-         ¿Por qué?-

-         Por na, porque lo quiero saber-

-         ¿Eh?-

-         ¡Que porque lo quiero saber, sordo!- El padre era viejo y estaba un poco teniente. Lo habían operado de un ojo y se conoce que la operación le había afectado a algún órgano del oído interno.

-         ¿Dónde estás?-

-         ¡Que qué día es hoy, padre!-

-         ¿Eh?, dime, diga, ¿diga?-

-         ¡Padre, padre, qué día es hoy!-

-         ¿Sí?, ¡Sonso, Sonso!-

-         ¡Que que que qué día es hoy, padre!-

-         ¿Eh?-

-         ¡Que qué día es hoy!!- Las voces retumbaban bajo la bóveda fluorescente del tanatorio. El muerto parecía escuchar.

-          ¡Padre, padre!-

-         ¡Dime, Sonso!-

-         Dime qué día es hoy-

-         ¿Por qué?-

-         ¿Eh?-

-         Que para qué quieres saber qué día es hoy-

-         Porque quiero saberlo, padre, porque no lo sé y lo quiero saber-

-         ¿De número o de la semana?-

-         ¿Eh?-

-         ¿Cómo?-

-         ¿Qué?-

-         ¿Dónde estás?-

-         Aquí, con mi amiga Eva-

-         ¿Eh?-

-         ¡Que estoy aquí padre!-

-         Ah, y qué quieres-

-         ¡Que me digas qué día es hoy!-

-         ¿Eh?-

-         ¡Que qué día es hoy, padre!-

-         Espera, te paso con tu madre-

-         ¿Dígame?-

-         ¡Mamá, mamá!, ¿qué día es hoy?-

-         Hola, Sonso, ¿te has tomao la pastilla?-

-         ¿Eh?-

-         ¡Que si te has tomao la pastilla!-

-         Todavía no-

-         ¿Qué dices?-

-         ¡Que todavía no!-

-         Pues tómatela-

-         ¿Qué día es hoy, mamá?-

-         ¿Eh?-

-         Que que que qué día es hoy-

-         Espera, que te paso con tu padre-

-         ¿Si, dígame?-

-         ¡Padre, padre!-

-         ¿Diga?-

-         ¡Que que que qué día es hoy, padre!-

-         ¿Que qué día es hoy?-

-         Sï, qué dia es hoy

-         No lo sé, ¿por qué?-

-         Porque quiero saberlo-

-         ¿Eh?-

-         ¡Que porque quiero saberlo!- Sonso empezaba rendirse. Comenzaba a sentir el acíbar del fracaso. Para una cosa que le encargaban… Era una inútil total. El muerto parecía indiferente a todo. Tenía una corona a sus pies que ponía: tus hijas y nietos no te olvidan. Pero en el tanatorio no estaban las hijas ni los nietos. Sólo la novia que había conocido en los últimos tiempos en la Carroza, en una de las últimas treguas que le concedió el cáncer. Incluso habían hecho un viaje juntos a Benidorm. La novia era mucho más joven que el muerto. Morena, de piel clara, cuando salía a la calle y el sol le daba en los ojos y en el pelo, parecía que sucedía un milagro, el milagro de la vida.

-         ¡Pa pa padre, padre!-

-         ¡Dime, hija!-

-         ¡Que qué día es hoooooyyyyy!-

-         ¿Cómo?-

-         ¡Que que que qué día es hoooooyyyy!!!!- Con el esfuerzo se le escapó una pequeña ventosidad.

-         Déjalo ya, Sonso, – intervino la novia con un mohín de cansancio ante tantas voces estériles y estridentes- ¿qué más da qué día sea hoy?-

Al otro lado de la línea, el padre seguía sin oír nada:

-         ¿Eh?, ¿diga? ¿diga?-

-         Déjalo ya, padre, qué más da qué día sea hoy-

-         ¿Cómo?-

-         ¡Que puerta!- Y Sonso colgó el teléfono componiendo una mueca de disgusto, con su verruga de bruja vieja junto a la trémula barbilla arrugada.

Tras un largo silencio, la novia, por romper el hielo, preguntó ahora:

-         ¿Qué hora es?-

-         ¿Eh?-

-         Nada, Sonso, déjalo, no he dicho nada- (Demasiado tarde).

-         ¿Que que que qué hora es?

   Sonso cogió de nuevo su móvil, y se dispuso a marcar otra vez el número de su padre. El muerto parecía ausente, indolente a todo. La novia se apartó el pelo de la cara con una graciosa sacudida. En la oquedad de un rincón, una cucaracha asomaba las antenas intentando aprender algo, para cuando su especie heredara la Tierra, de aquellos extraños seres bípedos de avanzada tecnología.

el preso

21 de Octubre de 2011
 

 

 

 

 

EL PRESO

El preso salió esposado a la calle custodiado por dos policías. El sol le dio en la cara y entornó los ojos deslumbrado por la luz dorada del atardecer. Era otoño. Un sábado por la tarde. Los muchachos de su edad quedaban con sus novias para ir al cine, para ir a bailar o para pasar la tarde en un centro comercial mirando ropa. A él lo llevaban esposado a los calabozos de la comisaría.

En una gran explanada rodeada por una herrumbrosa alambrada, iban aparcando los coches en batería. Sobre el césped de un campo de fútbol de barrio, que bajo ese sol brillante y limpio del otoño parecía refulgir como esmeralda, los futbolistas, un poco viejos, barrigones y calvos, corrían detrás del balón profiriendo gritos simiescos. Por la carretera rugía el tráfico. Y la gente esperaba en los semáforos para cruzar la calle.

Uno de los policías, que llevaba un peluquín que parecía un mocho de fregona que le hubiese caído sobre la cabeza desde lo alto de una terraza, le ordenó al detenido con voz neutra y seco acento extremeño:

-         Vamos sube-

El preso agachó la cabeza y entró a la parte trasera del coche. El policía cerró la puerta y tras quitarse la porra se acomodó en el asiento del copiloto, junto a su compañero. El coche arrancó.

El preso miró por la ventanilla. Sentada sobre un pretil de hormigón había una chica que se le quedó mirando con unos ojos grandes, tristes y hermosos. La chica estaba con su novio, un muchacho cetrino de sonrisa estólida con una cresta de gallináceo sobre la cabeza.

-         Le deben de hacer daño las esposas en las muñecas- Comentó la chica a su novio, que estaba bebiendo una lata de cocacola.

El coche celular bajó una rampa y se incorporó a la carretera. El preso estaba pálido. Le esperaba un sórdido calabozo, dos largas noches de oscuros temores y angustiosas esperanzas. Y el lunes, a primera hora, cuando en el aire de la madrugada parecen flotar agujas de miedo que se clavan en la piel, la buena o mala predisposición de un juez que dispondría de su vida.

El coche pasó junto a un hospital. Allí los enfermos echaban de menos la salud igual que él ahora echaba de menos la liberad.

Los policías iban hablando de fútbol, ajenos a la tragedia personal que iba tomando forma a cinceladas de dolor en el asiento de atrás.

El preso miraba ávidamente por la ventanilla. Allí fuera estaba el mundo, la luz, los árboles, los colores, la satisfacción de llenarse los pulmones de aire libre, decidir, acertar, errar, el libre albedrío. Vio a un mendigo rebuscando en un estercolero y lo envidió. Me cambiaría por él ahora mismo, pensó. Seguramente el mendigo habría aceptado el cambio sin dudar: el mendigo era viejo y el preso era joven.

El sol se puso sobre los bloques anodinos de un polígono industrial. El cielo se volvió rojo, luego se fue apagando como las brasas de un fuego y las farolas se fueron encendiendo. La vida seguía, con sus aburridas certidumbres y preocupantes incertidumbres.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PASEO POR EL AMOR Y LA MUERTE

 

El chico entró a la perfumería. Llevaba una gorra de béisbol sobre una cabeza que parecía una bombilla de noventa vatios. Tenía la cara iluminada. Sin rastro de pelo en las cejas ni en la cabeza. Pálido como un cadáver. Parecía un fantasma.

Se le acercó una dependienta con gafas de aumento, cabeza de pepino y dientes de caballo. Un moño de momia apolillada y un protuberante grano en el lado izquierdo de la frente que parecía el cuerno de un cervatillo. Abrió la boca como si se dispusiera a morderle y dijo:

-         Dime, ¿qué querías?-

-         ¿Eh?- respondió el fantasma- no, yo, yo venía…-

-         ¡Faustino!- Gritó desde el fondo de la tienda otra dependienta de ojos grandes y oscuros, muy guapa, algo gordita, cabello largo y nariz de niña. Corrió hacia el fantasma y lo abrazó. Al fantasma se le cayó la gorra dejando ver la redondez fluorescente de la bombilla.

-         ¡Qué sorpresa!, pero…¿cómo es que te han dejado salir?, ¿es que ya estás mejor?-

-         ¿Eh?, no, tengo que volver antes de las ocho, sólo he salido para…sólo he salido un rato-

-         No me digas que te has escapado- Fingió reñirle la dependienta componiendo un gracioso mohín. La ironía se desbordaba por sus hermosos ojos risueños.

-         Es que…estaba allí solo en la habitación y me acordaba de ti-

-         Ay Faustino Faustino, ¿y qué tal llevas la quimioterapia?-

-         Ya ves, parezco Cásper-

-         Qué va, hombre, estás muy guapo, oye, espera aquí un momento-

La dependienta se giró con fresca espontaneidad y se acercó al encargado para preguntarle:

-         Oye, Josemi, ¿puedo salir cinco minutos?-

El encargado, un mulato que parecía que le hubiesen recortado el pelo de la nuca con un transportador de ángulos, le dirigió a la chica una mirada cómplice y asintió con la cabeza.

El encargado y la dependienta de la nariz de niña tenían un romance secreto. El fantasma lo adivinó por la forma como se miraron. Se sintió muy solo de repente, pero no dijo nada.

La chica se acercó de nuevo al fantasma y lo cogió del brazo.

-         Vamos-

Salieron a la calle. El sol se reflejaba en el escaparate como un milagro dorado. El milagro de la vida.

-         ¿Y qué tal te va?, ¿te cuidan bien allí dentro?-

-         Psssss, es un aburrimiento-

-         Te veo mucho mejor, Faustino, la última vez tenías cara de desesperado, ya sabes, tienes que aguantar hasta que te cures, hoy en día el cáncer se cura en un alto porcentaje…¿qué llevas ahí?-

-         ¿Eh?, ah, esto, es el drenaje- El fantasma se puso colorado y trató de ocultar la bolsita llena de sangre y mierda bajo su amplio camisón de rapero.

Sabía que se iba a morir. Ya le importaban pocas cosas en la vida. Veía la vida como un sainete estúpido con una trama artificiosa y forzada de irreales preocupaciones. Sólo quería verla de nuevo, respirar el olor de su pelo, sentir la luz de su mirada, su vivificante presencia, su cálido aliento.

-         Oye, Faustino, tengo que volver-

-         Ya-

-         Bueno, iré a verte cuando pueda, cuídate mucho-

-         Vale-

La chica dudó un momento. Finalmente lo besó en la mejilla. Ya no se atrevía a besarlo en la boca. Era sólo un fantasma del pasado.

El fantasma la contempló alejándose, tal vez para siempre. Ella no volvió la cabeza. El fantasma se colocó su gorra sobre la bombilla y subió la calle lentamente, bordeando un parque donde las mamás sacaban a jugar a los niños y a cagar a los perros y viceversa.

En el interior de un macdonalds, un empleado cincuentón y canoso (el hombre no pudo llegar más lejos en la vida), evolucionaba entre sus adolescentes compañeros de trabajo con su visera calada y parpadeando como un mochuelo.

-         ¡Siguiente!-

-         Una winipini con queso- Dijo dulcemente una rubita de pelo corto, con los ojos y los pechos muy grandes.

El encargado de la perfumería, por detrás del mostrador, fue a coger con disimulo la mano de la dependienta de la nariz de niña.

-         Ahora no, Josemi- Dijo la muchacha con un sensual susurro. Instintivamente miró por la ventana. El fantasma había desaparecido.

de compras

8 de Octubre de 2011
 

 

EN LA CORTA DISTANCIA

 

Siempre hubo un abismo entre nosotros,

por más que me arrastrara paso a paso

intentando acortar la distancia contigo.

Venciste claramente en todos los asaltos.

Sabías que en el duro combate del amor

tú manejabas mejor los tiempos y los ritmos.

Yo lanzaba furioso mis golpes al vacío

hasta que tus ojos, de repente, me hacían bajar la guardia.

Ninguno de mis directos llegó siquiera a rozarte,

mientras yo mordía el polvo una y otra vez

con la carne abierta y los pulmones sin aire.

Siempre al borde del abandono,

viendo cómo entre tú y yo

se interponía un mundo cada día más grande.

Cansado de tus golpes bajos y de tus esquivas,

nunca supe de qué forma ni en qué distancia

tenía que amarte.

 

 

 

 

 

 

 

EL MANCHEGO

 

Harto de comer berzas y sodomizar gallinas,

decidió marcharse a Madrid en busca de fortuna.

Camarero, mozo de almacén, aparcacoches,

ortera de discoteca, buscavidas,

casose con una costurera patizamba de Vallecas villa.

Echaron un polvo y medio

y tuvieron un perro y dos especies de hijas.

Con su bigote escarchado, con sus ojos rijosos de envidia,

inverna en un panal de Fuenlabrada

y vuelve al pueblo para las vendimias.

Le gustan los chuletones grandes, las desgracias ajenas,

los coches ostentosos, las apariencias,

el calor de agosto, las películas de risa.

Sentado a la puerta del bar, con el palillo en la boca

y las manos sobre las rodillas,

está esperando ver pasar el cadáver de algún vecino.

antes de que se desperdicie otro abyecto  día.

Y eso es todo. Bueno, alguna vez que otra, por casualidad,

el sol simula algún pensamiento

en la calva de su celemina.

  

 

 

 

UNA HORA TARDE

 

Dime, ¿por qué te das la vuelta como si no quisieras verme

cuando te cruzas conmigo por la calle?

¿Es que ya no soy digno de ti?

¿Es que te avergüenzas del pasado?

¿Es que antes del amanecer volverá de nuevo a cantar el gallo?

Si te soy sincero, me parece bien que mires hacia delante

y digas sí a la vida

dejando que los muertos enterremos a nuestros muertos.

Yo ya no podía seguirte en tu obsesiva escalada

en pos de la felicidad.

Espero que por fin hayas coronado todas las cumbres.

Cada hora a mi lado era para ti una hora tarde.

En lo que a mí respecta, sigo con la venda puesta

y el mismo miedo de siempre

a andar sin red y sin suerte por el alambre.

 

 

 

 

LA ARTISTA

 

Es la artista de su pueblo.

Con su pamela de paja de terraza en terraza,

sus bocetos en la carpeta, sus pájaros en la cabeza,

mientras el mundo rueda como una piedra

cayendo por un barranco.

Y recorre las calles en busca del arte

que es como una puta que puede aparecer en cualquier esquina.

Las patas largas, los hombros hundidos,

   los pelos de estropajo, los pechos caídos.

   Esperpento de madre y esposa,

   oráculo de los mansos, hazmerreír de los niños.

   ¿Es que no ves, Frida Calo,

que son ovejas estos andantes caballeros

   y ventas inmundas tus soñados castillos?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DE COMPRAS

 

Llevaban un buen rato esperando en la cola del supermercado. El padre, la madre y el niño. El padre vestía unos trasnochados pantalones de tergal que le quedaban pesqueros, con unos tirantes cruzados sobre una camisa de cuadros abotonada hasta el cuello. La cabeza en forma de calabacín, unas gafas de culo de vaso con los cristales sucios de dedadas y restos de mocos secos, la calva pronunciada, los dientes de burro, los labios leporinos. Estaba sudando, el sudor le goteaba desde las patillas hasta la comisura de la boca. Miraba nervioso a un lado y a otro, apoyado en el carro que estaba repleto de comida, trastos absurdos y fitosanitarios.

La madre era una morenaza de belleza serena, una belleza que empezaba a marchitarse como las hojas de los árboles al llegar el otoño.

El niño tenía las orejas muy grandes, el cuerpo echado hacia delante como un costalero, gafas de aumento cuyos cristales parecían hacer hondas como el agua de un estanque al que se le arroja una piedra, la cara bobalicona, era muy feo, se parecía al padre.

Tras las lunas de los escaparates caía la tarde sobre un parque, donde una vieja sentada en un banco con el escudo de una caja de ahorros, hundía los pies en la hojarasca, bajo una lluvia de hojas que arrancaba el viento de los árboles todavía frondosos. La vieja permanecía ensimismada como una estatua olvidada en el recodo de un laberinto.

-¡Ya está bien!- gritó de repente el padre con voz de contralto, haciendo aspavientos con sus brazos sarmentosos- ¡hay sólo dos cajas abiertas y mientras las demás cajeras ahí parloteando como cotorras, bla bla bla bla blaaaa!-

Y compuso una postura ridícula y afeminada con los brazos cruzados y la cadera adelantada.

Las aludidas dejaron de hablar y lo miraron alucinadas, como si vieran caer un avión.

-¡ Están todas ahí en la sección de zapatos y nadie está comprando zapatos, es indignante, y bla bla bla bla bla, y bla bla bla bla bla, venga, venga, ya sólo falta que se pongan a bailar, ( y se puso a dar saltos y hacer grotescas cabriolas como si intentara bailar una jota aragonesa), sí, sí, vosotras, podíais poneros en las cajas de una puta vez y no tenernos aquí esperando una hora como estamos!-

La mujer se apartó unos pasos, un poco avergonzada de su marido.

-¡Parece que se ríen de nosotros, siempre se están riendo de nosotros, ji ji ji ji ji, ji ji ji ji ji, tengo razón o no!-

- Sí, sí que la tiene- Le siguió la corriente una mujeruca muy gorda con una peluca de color magenta, que estaba delante de él en la cola, esbozando una sonrisa forzada.

-¡Pues claro que la tengo, cómo no la voy a tener, aquí esperando como gilipollas y mientras ellas ahí hablando como cotorras, bla bla bla bla bla, y bla bla bla bla bla, a ver, usté- continuó, abalanzándose sobre un individuo  con camisa verde, ojos de pescadilla y el cabello de la nuca sobre la frente para disimular la calva, que casualmente pasaba por allí- haga el favor de ponerse en la caja ahora mismo!-

La pescadilla lo miró con los ojos muy abiertos.

-¿Eh? –

- ¡Que se ponga en la puta caja le he dicho!-

- No puedo, caballero, yo soy el informático-

- ¡El informático, a mí no me vengas con ese cuento, te he visto antes detrás de aquella caja¡-

- Ya, pero era porque estaba arreglando el ordenador-

-¡El ordenador, una mierda el ordenador, lo que pasa es que sois todos unos vagos y unos maricas, a ver, ponte en esa caja ahora mismo!-

- ¿Eh?-

- ¡Pero es que estás sordo o qué, que te pongas ahora mismo en la caja!-

- No puedo señor-

El informático empezó a alejarse mirando de reojo como un banderillero que se aleja del toro.

-         ¡Que venga el encargado ahora mismo, quiero hablar con el encargado!-

La indignación del hombre rallaba ya en la locura. Tenía la cara roja, echaba espuma por la boca y los ojos se le salían de las órbitas. La mujer, avergonzada, se había alejado con el niño, abandonando al padre y el carro de la compra.

Todos los clientes lo miraban, unos asustados, otros divertidos. Un albañil con un pendiente pirata en la oreja, patillas canosas, ojos ruines, bermudas blancas y una mariconera cruzada sobre la barriga cervecera, lo animó como si achuchara a un perro de presa:

-         ¡Diga usté que sí, duro con ellos!-

Mientras lo jaleaba se le reían los ojillos pícaros.

-¡Y vosotras dejar de correr que esto no es el patio del colegio!- Gritó el hombre iracundo dirigiéndose ahora a unas niñas que correteaban jugando a pillarse

-¡Pero bueno,- exclamó con voz ronca de fumadora compulsiva la madre de las niñas, que tenía la cara arrugada y cenicienta y le faltaban varios dientes en la oscura boca- ¿de dónde ha salido este personaje? aquí la única que regaña a mis hijas soy yo, so necio!-

- ¡¡¡Que abran más cajaaaaaasssss!!!- Aulló el hombre, retorciéndose como si se le hubiese reventado una tripa.

Alguien había avisado a seguridad. Llegó corriendo un vigilante que tenía la cara como los buldogs de los dibujos animados, los brazos delgados, algo de chepa y le olía el aliento a alioli.

-         ¡Haga el favor de acompañarme a la salida!-

-         ¡Yo no he hecho nada, no me toques, a mí no me toqueeeesssss!-

-         Pues haga el favor de marcharse o llamo a la policía-

-          ¡ A mí no me toques que yo no soy un delincuente, vosotros sois los delincuentes que nos robáis el dinero y nos tratáis como si fuéramos una mierda, ya, ya verás cuando manden los chinos como os van a tratar a vosotros, os van a tratar como a perros!-

-   Déjelo señor guardia,- intervino en tono conciliador la mujer, que se había acercado al ver al vigilante echarse mano a la porra- es que tuvo un accidente con el taxi y le tuvieron que poner unas placas en el cerebro, desde entonces está así, no sabe lo que dice, está asustado, vamos, Serapio, vámonos a casa-

Finalmente la mujer consiguió arrastrarlo hasta la salida. Ya en el umbral, el hombre se volvió de repente y gritó por última vez:

-         ¡Hijoputas!- Y echó a correr por el parking con grandes zancadas y el cuerpo hacia delante. Se parecía a Mortadela en la viñeta de un cómic.

La mujer movió la cabeza con pena y fue tras él con el niño de la mano.

La vieja del banco acabó de comerse una magdalena, y como no se atrevía a tirar el papel al suelo, se lo comió también. Cuando el hombre pasó corriendo a su lado, le gritó:

-         ¡Eh, eh, usté, ¿ha visto a mi hija?-

El hombre no contestó y siguió corriendo esquivando los coches aparcados.

La madre y el niño alcanzaron por fin al padre, y los tres cruzaron la calle y se perdieron tras una esquina.   

Sobre los tejados se ponía el sol.

El negro que pedía en la puerta del supermercado, recogió su mísero atillo y corrió para alcanzar el autobús.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

 

-         Dime, ¿quién eres?- Oyó que hablaban al otro lado de la línea.

-         ¿Oye?, a ver, dime, ¿qué querías saber?-

-         Hola- Se atrevió por fin a hablar. Su voz sonó como un quebrado lamento.

-         Hola, a ver, dime, ¿cómo es tu nombre? ¿qué quieres saber?-

-         Me llamo Asun, y quiero saber si mi marido va a volver-

-         A ver, ¿qué signo eres?-

-         ¿Cómo?-

-         Que qué signo del zodiaco eres, cariño-

-         Ah, soy Sagitario-

-         Sagitario, muy bien-

Se oyó barajar cartas al otro lado de la línea.

-         A ver, Asun, cielo, las cartas me dicen que tu marido te ha abandonado por otra persona-

-         Sí, sí-

-         Y que esa otra persona es más joven que tú-

-         Sí, sí-

-         Pero que esa relación no va a durar mucho, que él todavía te quiere pero que ya no le gustas como al principio-

Asun se tocó la cara. La tenía llena de arrugas. Los pechos grandes, pero caídos, parecían calabacines en una mata. Ya no era atractiva. El tiempo le había clavado una lanzada en el costado.

-         Tú quieres que vuelva contigo y él quiere volver, pero…-

-         No, no, yo no quiero que vuelva, me ha hecho un daño irreparable, siento asco y desprecio por él-

-         Eso mismo dicen las cartas, dicen también que tú vas a conocer a otra persona que te hará olvidar a tu marido-

-         Sí, ya he conocido a otra persona-

-         Pues eso, que acabas de conocer a otra persona en una discoteca de mayores y que…-

-         ¡No, no, ya lo conocía, es un amigo de la infancia, se llama Roberto-

-         Bueno, ejemm, pero que ahora lo has conocido más a fondo quiero decir, vamos, en otro aspecto, ya me entiendes-

-         Sí, eso sí es verdá, pero ¿mi marido va a volver?-

-         Y para qué quieres que vuelva tu marido, hija de mi alma, si ya estás con otro hombre-

-         Es que quiero que se arrastre, que pague todo el daño que nos ha hecho-

-         A ver, las cartas dicen que efectivamente él quiere volver, pero que no se atreve, que él te va a pedir que le dejes volver a través de otra persona pero que ya va a ser demasiado tarde, ¿tenéis hijos?-

-         ¿Eh?, sí, una niña-

-         Eso mismo dicen las cartas, que tenéis una niña en común-

-         ¡No, no, perdona, dos niñas, Ana y Elena, es que estoy un poco nerviosa-

-         Bueno sí, a ver, sí, ejemmm, aquí dice que hay otra niña más por algún lado, efectivamente, es que se me había caído de la mesa la sota de oros, ejjemmmm, a ver, qué tonta, las cartas dicen que alguna vez habéis hablado por teléfono y que…-

-         ¡No, no, no nos hablamos, nos la tenemos jurada!-

-         Pues eso, pero que al principio, vamos, antes de separaos quiero decir, sí que os hablabais, las cartas dicen que tu familia te apoya a ti y la suya a él-

-         ¡No, no, mi familia lo odia y la suya me apoya a mí, todo el mundo sabe lo malo que es, se va a ver solo como un perro cuando esa puta lo deje desnudo en medio de la calle-

-         Pues eso quiero decir, cariño, que se va a ver solo, que va a querer volver pero que tú ya le habrás cerrado todas las puertas-

-         Sí, sí, y ¿cuándo va a volver?-

-         A ver, uhhhhhh, las cartas dicen que pronto, que esa nueva relación no va a durar mucho pero que, a ver, aquí dice que sí, que efectivamente él va a querer volver pero que cuando te lo pida tú no vas a querer saber ya nada de él porque habrás rehecho tu vida con otra persona-

-         ¿Pero entonces no va a volver?-

-         A ver, ya te lo estoy diciendo, jo….lines, que me estás haciendo las cartas un lío, dicen las cartas que va a volver pero que entrará en conflicto con otra persona que te está apoyando mucho en tu vida porque es una persona seria y responsable, buena y con un trabajo estable-

-         ¡No, no, no tiene trabajo, era tapicero pero cerraron la empresa donde trabajaba-

-         Pues eso, ejjemmmm, con un trabajo estable hasta que lo perdió por culpa de la crisis, es que no me dejas acabar nunca, criatura, que quieres saber más que las cartas,  je je je,  a ver, ¿cuántos años tienes corazón?-

-         ¿Eh?-

-         Que cuantos años tieeeenes-

-         Cuarenta y seis-

-         ¿Y él?-

-          ¿Eh?-

-         Él, cuantos años tiene él-

-         Quién-

-         Tu marido, quien va a ser, alma de dios, el hombre del tiempo-

-         Cincuenta y uno y su puta treinta y tres-

-         A ver, las cartas dicen que le guardas mucho rencor a su nueva pareja, que piensas que has sido engañada y traicionada por los dos-

-         ¡No, no, su puta me es totalmente indiferente, es más, si se muriera ahora mismo iría a su entierro con una pamela-

-         Las cartas dicen que te venía engañando desde hacía tiempo con ella y que tú acabaste por descubrirlo-

-         Sí, sí, encontré en sus pantalones una factura de un hotel del polígono de Parla-

-         Y claro, tú nunca habrías esperado de él una infidelidad así, pensabas que era un marido y padre modélico, era lo último que podías esperar en la vida-

-         ¡No, no, él siempre fue mujeriego y un poco putero también, se paraba en todos los quioscos a ver las revistas pornográficas, pero yo me hacía la tonta para salvar mi matrimonio-

-         Eso mismo dicen las cartas, y dicen también que todavía hay unos bienes y un dinero en comùn y que eso no está solucionado-

-         No, no, el dinero lo saqué yo del banco y la casa está a mi nombre, me dijo mi hermana Socorro, que es pasante en una gestoría, me dijo mira Asun, saca todo el dinero inmediatamente  porque esas ecuatorianas van siempre a la caza de algún tonto con dinero, dice y saben que a estos viejos con cuatro cosillas que se les haga…pero, uhhhh, lo que yo quiero saber es si mi marido va a volver o no-

-         Pero si ya te lo he dicho, hija, las cartas dicen que sí y que no, ¿tú quieres que vuelva?-

-         ¿Eh?, yo no-

-         Entonces pa que me estás mareando tanto con que si va a volver o no va a volver, hija mía, que ya no distingo entre el caballo de bastos y el as de corazones, ale, adiós, cariño, y levanta ese ánimo, que no se acaba el mundo porque te deje un ser asqueroso como ese, perdona que te hable así, cariño, pero es que me hierve la sangre con todos estos inmundos caraduras, degenerados y sinvergüenzas, bueno, Asun, hay otra llamada en espera, ¿querías saber algo más?, vamos, rápido-

-         No- Respondió Asun con un hilo de voz.

-         Pues entonces adiós, y ánimo, que no se acaba el mundo porque te haya abandonado un ser despreciable como ese, mejor para ti, te ha hecho un favor esa alimaña, un muerto que te quitas de encima, je je je que le lave los calzoncillos otra imbécil, ale, adiós, cariño, y ¡suerte!-

-         Gracias adiós-

Asun colgó el teléfono. Eran cerca de las cuatro de la mañana. Las niñas dormían. La electricidad zumbaba por los cables emparedados, como un puñal desgarrando el silencio, el miedo, la soledad, la tristeza, el odio…y el amor.

 

 

 

 

 

 

 

                 LA PUTA VIEJA

                 Pero ¿qué haces ahí todavía?

                 ¿A quién coño esperas ya?

                  Acaso a un príncipe azul

                  que baje de esas nubes negras

                  que vomitan las chimeneas de la fundición?

                  Pareces un escombro más

                  entre los montones de la escombrera.

                  Con tus dientes pochos, con tus rotas medias,

                  con tu hedor a perro muerto

                  y a antiséptico de hospital,

                  viendo pasar los coches y las furgonetas

                  que vienen del polígono industrial.

                  Nadie diría ahora que un día ya lejano

                  fuiste reina y princesa.

                  Qué cruel y mordaz es esta puta vida.

                  Tiene esa sonrisa llena de macabras muecas.

                   Sola, caduca, desesperada,

                   mientras las horas se vierten

                   como lágrimas en una clepsidra.

                   Y las ratas te miran, y los perros te ladran,

                   y las aves emigran, y la noche se cierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Y me alejé de ella con la cabeza alta,

aunque por dentro el corazón se me había reventado

como la rueda de un coche viejo.

Con pasos inseguros me adentré de nuevo

en la soledad y en la noche.

Había muerto ya tantas veces

que debería estar acostumbrado.

Sin embargo presentía que esta vez

no conseguiría llegar al final de la calle.

Es tan duro desandar el camino del cementerio.

Mis pies se enterraban en la tierra al alejarme.

En el cielo menguaba la luna

y a mi paso aullaban los perros.

bar de carretera

25 de Agosto de 2011
 

 

 

PERDIDO

Definitivamente no me quiere la vida.

En el fondo nunca me quiso.

Si me cruzo con ella por la acera finge que no me conoce

y me deja con la sonrisa helada

y la palabra colgando como baba de la boca.

No me quiere a su lado, ni cerca de ella,

ni en el sol de sus dominios.

¿Será porque soy extraño? ¿Será porque soy feo?

Jamás me ha invitado a sus fiestas,

ni en las reuniones ha contado conmigo.

Miro por la ventana cómo todos sostienen la copa en la mano

sin que les tiemble el pulso,

cómo se hablan y se reconocen,

se entienden y hasta llegan a amarse a veces.

Mientras yo, al otro lado de la vida,

en los arrabales de la suerte,

sigo sin entenderme a mí mismo.

Con lo grande que es la Tierra, con tanto espacio libre,

con tantas sillas vacías en el espectáculo del mundo,

no sé porqué todavía, yo no he encontrado mi sitio.

 

 

 

 

 

 

 

BAR DE CARRETERA

 

Se sentaron a una mesa, en un rincón junto a la ventana, cerca de un expositor de navajas de Albacete, quesos de oveja y recuerdos de La Mancha.

La camarera, una muchacha grande, gorda y encorvada, con gafas de aumento y cara de catequista, fregaba el suelo resoplando como un búfalo.

Un individuo orondo y sudoroso miraba la televisión sentado en un taburete, apoyando un codo en la barra mojada y pegajosa. Llevaba gafas de sol a pesar de ser de noche, el escaso pelo engominado hacia atrás, y un careto que recordaba a los cabezudos de las fiestas de los pueblos. Olía como el sahumerio de un muerto en un tórrido velatorio de verano. En la televisión apareció un antidisturbios pegándole con la porra en las corvas a una muchacha que sostenía una bicicleta con las manos.

-         ¡Ahi, dale, dale más!- rugió el cabezudo, echándose a continuación al gaznate un largo trago de cocacola light.

El camarero se rió. El camarero tenía cara de pícaro del Siglo de Oro, los ojos pequeños, ruines y bizcos, la boca espatarrada y socarrona, y la cabeza pequeña, apepinada y coronada por un pegote negro y deslucido, como si le hubiera cagado un buitre. Por el color de la piel no se podía saber a ciencia cierta si era de raza blanca o negra. Creo que más bien era blanco, aunque muy cetrino, un español medio.

El camarero acudió a servir a la pareja del rincón. Ella pidió un mosto, él un tinto de verano. Apenas se miraban. Estaban cansados, cansados del largo viaje por carretera, de los tediosos días de playa, de las prosaicas conversaciones sin interés, de la previsibilidad de las palabras, que ya no volaban como palomas mensajeras sino que se arrastraban como escarabajos arrastrando pelotitas de estiércol, de la vacuidad de los silencios, de la irritabilidad a flor de piel, ahora ofende lo que antes hacía gracia, del largo y convencional noviazgo, cansados el uno del otro, siempre esa misma fisonomía como un defectuoso fotograma repetido un millón de veces en una mareante cinta sin fin. A ella le empezaban a dar asco esos pelillos que le asomaban a él por la nariz, esa babilla blanca como requesón podrido en la comisura de los labios cuando hablaba entusiasmado de política o de coches. Cuando él la miraba, ella ya no se abría como un girasol, sin que, por el contrario, se cerraba como una concha que guarda celosamente su perla. Él, por su parte, cada vez encontraba más defectos y menos encantos en su novia. La miraba y se sentía solo e incomprendido, como si compartiera su vida con un cadáver ausente. Habían llegado al final del misterio y del deseo, el corazón ya no les latía con golpes de emoción y sorpresa como el martillo de una fragua, se había apagado el fuego en las miradas, el anhelo, el terror a perderse, la pasión de reencontrarse. Hasta los recuerdos se habían secado como momias milenarias y polvorientas. Algunas veces el amor se muere de muerte natural, de viejo.

Ella bostezó. Él sacó una servilleta del servilletero de níquel y se puso a trocearla ensimismado. Ella era guapa, los ojos grandes, la nariz pequeña, el pelo largo y negro, el rostro iluminado por una aureola de voluptuosidad. Movía el cuerpo espontáneamente como un delfín jugando con las olas. Seguía siendo muy hermosa, eso no podía negarse, siempre lo sería. Pero en la vida todo fluye y pasa, incluso la atracción de la belleza. A veces es demasiado caro el precio que hay que pagar por ella. Nada es eterno e imperecedero. Recientemente se ha descubierto que Parménides murió ahogado en el río de Heráclito.

Él era más bien feo, con cara de albañil curtido por el sol y la intemperie, las cejas muy pobladas, la nariz un poco de gorrino, pero todavía conservaba un cuerpo musculoso, a pesar de esa barriga incipiente.

Ahora apareció en la tele un futbolista corriendo como un demonio detrás de un balón.

-¡Na!-comentó el cabezudo a quien quisiera oírle- éste no sabe na más que chupar, se vuelve loco corriendo y no ve nunca a ningún compañero a quien pasar el balón-

- Se cree que juega solo en el patio del colegio- Intervino desde el otro extremo de la barra un parroquiano con el pelo blanco y las gafas de ver llenas de mierda, como si acabara de salir de un palomar o de un gallinero. Era el taxista del pueblo y se llamaba Eugenio. El cabezudo, tras mirarlo por encima del hombro, lo ignoró despectivamente y el taxista sonrió humillado como un bufón que no hace gracia a su rey.

-¡Me debes doscientos kilos de chatarra, Inocencio!- Dijo con voz de ogro, dirigiéndose a su acompañante, un individuo renegrido con un mono de tirantes lleno de grasa y de mierda, una nariz que más que una nariz parecía un puñado de barro que le habían arrojado a la cara, y un ojo de cristal que brillaba como un faro al fondo de un mar tempestuoso. Era rotundamente feo. Mirarlo producía dolor estético. Su acompañante era un ejemplar calvo de ojos saltones, obeso y con rasgos y movimientos de enano. Los dos estaban sentados a una mesa junto a las máquinas tragaperras. El de la nariz de barro tomaba un café con la leche muy caliente (decía, con una lógica autóctona y esotérica, que era la única forma de quitarse el calor del cuerpo). El enano devoraba con fruición, cogiendo la cucharilla con sus dedotes de uñas negras, un trozo reseco de tarta de queso con arándanos.

- ¡He adelgazao nueve kilos, Rubalcaba!- Proclamó orgulloso el cabezudo, palmeándose sonoramente el barrigón, dirigiéndose al camarero, que estaba colocando sobre una bandeja llena de manchas que parecían escupitajos resecos las bebidas de la pareja del rincón.

- Y dale con Rubalcaba- protestó teatralmente enfurruñado el camarero- sin faltar, que yo no te falto a ti-

- Je je je, la otra noche te vi en la feria con una chica, Rubalcaba, je je je, ¡qué jodío!, no sabía yo que eras tan ligón, je je je, eres un crak, Rubalcaba-

- Sería mi novia- dijo el camarero, con un indisimulado orgullo viril que le hizo sonreír de gozo, mientras con pasos largos llevaba las bebidas a la pareja del rincón.

- Pos era más fea que picio, la ostia qué fea era la tía, pero si parecía un mochuelo-

- A lo mejor es que era un tío- Se inmiscuyó el taxista desde el otro extremo de la barra.

El cabezudo miró hacia otro lado y compuso un gesto de cansado desprecio. El taxista volvió a esbozar su sonrisa de siervo de la gleba.

De repente, tras la ventana serpenteó un relámpago que partió en dos la oscuridad del cielo. Fugazmente se atisbó un sediento paisaje de cardos, detritus y minas de carbón abandonadas.

La chica volvió la vista a la ventana con un sensual movimiento de cabeza. Sus largos pendientes tintinearon. Él removió los cubitos en el vaso que parecía lleno de sangre, mientras evocaba la imagen de un pastor que había visto esa tarde a través de la ventanilla del coche, un pastor que parecía escapado del Quijote, atravesando un campo hirsuto, corriendo tras sus ovejas echando el cuerpo hacia adelante, entre nubes de polvo bajo un sol canicular.   

Ella lo miró y le dijo:

-         ¿Nos vamos ya?, me dan miedo las tormentas-

-         Espera un poco- repuso él con angustiosa inquietud- anda, enséñame las fotos, que al final no las he visto- Su voz sonó como un organillo desafinado.

Ella suspiró con resignación, y poniéndose el bolso blanco sobre el regazo, empezó a rebuscar en el interior.

Él entonces tuvo la certeza de que la había perdido para siempre. En adelante algún otro devoraría su íntima belleza. La vida se va forjando a golpes de desarraigo. Miró al techo. La anodina luz fluorescente le recordó a un tanatorio. Sintió miedo. Un nuevo matiz del miedo. El miedo cósmico a lo desconocido.

La camarera llegó con la fregona junto a ellos. Las gotas de sudor se deslizaban desde sus pobladas patillas hasta la prominente y mórbida papada.

-         Qué, Violeta, ¿te vas de fiesta esta noche?- le preguntó el camarero mientras limpiaba la barra con un trapo que parecía el de un mecánico.

-         No- respondió la camarera con una voz que recordaba vagamente al cacareo de una gallina- tengo el turno de mañana y si no duermo luego estoy como un zombi-

Una vieja que parecía un cadáver exhumado con la mortaja hecha jirones, se asomó por la puerta y preguntó con la mirada extraviada y demente:

-         ¿Está aquí mi hija?-

Tras ella entró una breve ráfaga de olor a tierra mojada.

La camarera dijo que no y la vieja insepulta volvió a perderse en la noche.

A lo lejos, parpadearon las luces rojas y azules de un coche de la guardia civil.

La tele hablaba ahora del caníbal de Ferez.

“Y corrió con una navaja detrás de ella por el campo…”

La chica sacó las fotos del bolso, el novio alargó la mano y se puso a mirarlas.

La chica, disimuladamente, se hurgó la nariz.

 

 

 

 

LA QUIOSQUERA

 

Y asoma la cabeza por el ventanuco del quiosco

como un conejo asustado por la oquedad de su madriguera.

Entre tarros de golosinas y revistas trasnochadas

van pasando las horas yermas

mientras el sol se va descolgando

por las tapias del cementerio.

También a ella la traicionó el amor,

como un trilero de feria le robó todos los sueños.

Ahora está tirada en la cuneta de la vida,

desarraigada como un abrojo al que ninguna tierra quiere.

Ya no quedan caballeros andantes

en esas nubes que surcan el cielo.

Tras el día la noche, tras la noche la noche.

La soledad encajada en el pecho como una campana hueca.

Ningún beso la espera en casa a su vuelta,

sólo un viejo gato que huele su tristeza,

una cena fría y un reverberar de ausencia.

Y los ojos que se apagan,

y el cabello que blanquea,

y las luces que se encienden,

y los coches que se alejan.

el poder

9 de Agosto de 2011
LA MATERIA OSCURA

 

 

EL PODER

Era una familia humilde: la madre, el padre y el hijo. Vivían en una granja a las afueras de una aldea de los Ancares. Tenían un huerto, un cerdo y un corral con gallinas y conejos. Era allá por los años cincuenta, años oscuros, amargos como almendras amargas.

Una mañana de otoño, el padre estaba en el corral partiendo leña, cuando vio subir por el camino a dos figuras imponentes que se dibujaron sobre el gris horizonte como fantasmas de ultratumba. Cuando se acercaron más oyó el chirriar de las bicicletas y  distinguió los tricornios y los pesados capotes ondeando al viento como velas de un barco pirata.

El cabo se llamaba Martín Corona y se parecía vagamente a Clark Gable, las orejas un poco más pequeñas pero el rostro mucho más feo. Un Clark Gable afeado por el embrutecimiento y la maldad. El otro guardia era calvo, con ojos de loco sádico, una mirada inquieta y anhelante de perro traicionero, que escrutaba a su alrededor inquisidora y desconfiadamente. Procuraba hablar poco porque era tartamudo.

-¡Buenos días, Pascual,- saludó el cabo al leñador, con una vocecilla de pito impropia de su rango y condición- qué gallo más bonito ese que está encima de la sarmentera!-

No fueron necesarias más palabras. Los guardias continuaron su camino y el padre se les quedó mirando como si viera alejarse una negra nube de tormenta.

Por la tarde, el niño, sin entender nada, observó cómo su padre, con semblante sombrío,  mataba al gallo retorciéndole el pescuezo y, sentándose en una piedra, empezaba a desplumarlo sobre su regazo de pana. La madre trajinaba en la cocina, y miraba por la ventana con ojos hermosos y tristes.

A la mañana siguiente los guardias volvieron con sus bicicletas.

-¡Buenos días, Pascual!-

El padre los estaba esperando en la puerta de la casa con el gallo dentro de un saco. Un pobre campesino tratando de apaciguar con pródigas ofrendas a dioses caprichosos, primitivos e insaciables.

Pasó un tiempo y el asunto pareció olvidarse. Con el dinero que sacó de la venta de los almendrucos (había sido una buena cosecha), el padre compró un corderillo en el mercado de Lugo para la cena de nochebuena que se aproximaba.

Pero, de repente, otra mañana, los guardias volvieron.

El padre, que estaba limpiando la pocilga mientras el cerdo gruñía como si quisiera decirle algo, no tuvo tiempo de esconder el corderillo. En ese preciso momento, el niño, entusiasmado, estaba jugando con él como si se tratara de un juguete nuevo o de ese hermanito que tanto deseaba tener.

-¡Buenos días, Pascual- saludó el cabo al padre con cierto deje de ironía- ¿tú crees que ese cordero cabe en una cazuela?-

No fueron necesarias más palabras.

Al día siguiente, víspera de nochebuena y uno de los más tristes en la corta vida del niño, regresaron los guardias acompañados por dos frailes sayones de largos y mugrientos hábitos que otrora habían sido blancos, y entre risas y comentarios jocosos, como hacía buen tiempo a pesar de ser diciembre, fueron tomando asiento alrededor de la rústica mesa que estaba en medio del porche.

La madre, en silencio y con los ojos bajos, puso los cubiertos. Uno de los frailes, que tenía una nube en un ojo y una geta de gorrino con una mancha que parecía de mierda seca en medio de la mejilla derecha, se distraía de vez en cuando de la conversación de sus refinados camaradas, para mirar con deseo carnal a la madre, que era una joven guapa y lozana de largos cabellos negros.

-¡Qué mujer más guapetona tienes, Pascual!- Comentó el cabo, leyendo en las miradas obscenas del fraile.

La madre, ruborizada, regresó a la cocina.

Al niño no le gustaban aquellos rufianes que reían con los hocicos llenos de grasa y que al beber derramaban el vino por las sucias pecheras. Se alejó para jugar con un balón de fútbol que su padre le había hecho con una celemina. Entonces, de repente, vio a su padre de espaldas sentado sobre una piedra de moler detrás de la casa. Se movía convulsamente, como si temblara, y se tapaba la cara con las manos. Estaba llorando. Era la primera vez que veía llorar a su padre. Sintió un fuego subiéndole del estómago a la cabeza. Un fuego de odio y rabia. Aquellos hombres eran unos malvados. Pensó en coger el cuchillo de matarife y apuntillarlos a todos por la espalda. Era lo que se merecían. Pero sólo tenía nueve años. Viendo a su padre llorar, se juró a sí mismo que cuando fuera mayor lo haría.

-¡Más vino, María!- Roncó el cabo, ya completamente borracho, dirigiéndose a la madre que permanecía refugiada en la cocina como un conejo asustado.

A lo lejos, el filo del invierno se cernía sobre la oscura cresta de los montes. Se veía un pequeño cementerio y una ermita en ruinas con una cruz de piedra renegrida a la orilla de un camino.     

El perro de la casa, que se llamaba Sisobra y que era un galgo mestizo con una pata coja, atigrado y de color cieno como una hiena, revoloteaba moviendo el rabo alrededor de la mesa, esperando algún hueso o alguna migaja, aun a riesgo de recibir alguna patada que otra.

 

 

 

 

 

 

 

 

DEFINITIVAMENTE te han abandonado los dioses.

No esperes ya ningún viento favorable ni que el mar se calme

cuando en el cielo se vaya desvaneciendo la noche.

Así que recoge tus velas y rema contra las olas

alejando tu balsa de los acantilados.

No te abandones al cansancio.

Maldices a gritos tu negro destino

mientras la espuma del mar golpea con furia tu rostro.

La vida es esa isla verde que, un poco más cada día,  parece alejarse.

Ahora ya sabes que estás maldito

y que ya ninguna diosa protectora bajará del olimpo para salvarte.

Todavía tienes tu astucia y tu palabra,

y después de cada caída, absurdo tesón para levantarte.